En medio de la tormenta

  Actualidad

En medio de la tormenta

En estos últimos quince días, los ciudadanos de buena parte de América del Sur de habla española, hemos sentido la sensación de vivir una de las épocas más tormentosas de nuestra historia contemporánea.

Comenzó con las marchas en Ecuador que paralizaron al país durante diez días y que causaron cuantiosas pérdidas a la ciudadanía; hasta ahora nadie se responsabiliza de las mismas.

Casi inmediatamente comenzaron los problemas en Chile. Hasta el momento de escribir este artículo no desaparecen y más bien hay rebrotes de descontento y de violencia pese a las medidas tomadas por el gobierno.

En Bolivia hay una batalla de sus ciudadanos que no aceptan el fraude electoral cometido a favor del gobierno del presidente Evo Morales, quien, fiel a la tradición de los socialismos del siglo XXI, parece estar dispuesto a mantenerse en el poder a cualquier costo.

En Argentina se realizaron las elecciones en las que ganó Alberto Fernández con Cristina Kirchner, nada menos como vicepresidenta de la república. El problema no es la ganancia en primera vuelta de Fernández; es el futuro económico y social de un país convulsionado al que el populismo no podrá rescatar de su gravísima crisis económica.

Finalmente, en Colombia, el presidente Duque experimenta un revés electoral con los resultados de los ganadores de las alcaldías de Bogotá y de Medellín, esta última, plaza fuerte del uribismo.

Paradójicamente, la única “estable” en la región, irónicamente hablando, es la Venezuela de Maduro, que continua con su mismo libreto de incompetencia, hiperinflación, persecución y violación de los derechos humanos de la oposición, que está causando una verdadera crisis alimenticia y de salud en los países vecinos.

Estamos viviendo una de las épocas más difíciles para las democracias representativas. Pese a ello, no hay en los sectores de la denominada clase media una conciencia clara de lo que está en juego ni una toma de posición. El cerco de la burbuja en que viven sus ciudadanos impide la lucidez, como ya lo narraba Platón en el libro IV de República.