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Mea culpa general
Si hay poblaciones sin agua potable y que eligen a la misma persona que, durante cuatro años, ha prometido dotar de servicios básicos sin cumplir, ¿de quién es la culpa? Si hay zonas que se inundan cada vez que llueve con energía y confían, de nuevo, en los que solo apuntan hacia el Gobierno central para la solución de esos problemas, ¿quién está lavándose las manos? Si la ciudadanía paga impuestos y le duele que el dinero público se despilfarre en colocar suelos importados del exótico Oriente que luego son retirados por defectuosos, ¿quién está revalidando la actuaciones cuestionadas?
No hay que engañarse, el principal origen de los males nacionales es la sociedad. Un pueblo empachado por la corrupción, indiferente ante la desgracia recurrente de cada invierno, indolente ante los abusos de la autoridad, no puede mirar hacia otro lado cuando sus mandatarios, es decir, los que ostentan el poder que el votante entrega en las urnas, disponen a su antojo de las promesas electorales, del dinero de todos y de las ilusiones compartidas. La culpa es general. Mea culpa. Por suerte para ellos, para los que se presentan como candidatos, las elecciones no son todos los días sino cada cuatro años y la memoria, selectiva y hasta perezosa, esconde bajo la alfombra lo que no conviene recordar.
No es concebible que las urnas validen a gobernantes nuevos o repetidores que extorsionan a sus administrados con la concesión de permisos de funcionamiento a negocios solo si se contrata con determinado sujeto.
De nuevo, no hay que engañarse. Eso no es un hecho aislado. Eso pasa en diversos puntos del país, sin distinción entre zonas urbanas y rurales o poblaciones grandes y pequeñas.
Si elección tras elección y cuatrienio tras cuatrienio, triunfan los vendedores de promesas irrealizables en las urnas, los autoritarios o los populistas, no es culpa de ellos. Sino del consumidor de una política superficial que prefiere buenos eslóganes -a veces ni eso- a proyectos de progreso reales, sustentables y meditados.
Esto es una interpelación a los votantes, a todos los ciudadanos. Ya que el voto es obligatorio, hay que estar a la altura de la responsabilidad que eso supone. El pasado da las pistas. El presente de los próximos cuatro años ya es inevitable. En el futuro, está la esperanza.