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Mama
Se oía claramente el silbido de quien afila cuchillos y la campanita de las bicicletas de los panaderos. Raquel se sentaba al pie del balcón, nadie podía arrimarse a la baranda. No era de temores, pero una de sus hijas se había caído desde la ventana, y no se estrelló en el patio trasero porque un señor que pasaba por ahí alcanzó a sostenerla en sus brazos. Era un ángel quien había salvado la vida a su hija. Cada uno de sus cinco hijos tiene su historia de salvación, así contaba.
Bien acomodada en su sofá, pedía de favor: -No entiendo bien esta parte del Evangelio. ¿Lo puedes leer en voz alta y despacio, para comprenderlo mejor?
Nuestro, no mío; Tu voluntad, no la mía; el pan de hoy, no el de mañana. -¿Te das cuenta de eso de “perdóname como yo perdono a los que me ofenden”? -No (con ocho años poco se entiende de esos amores), ¿de qué tengo que darme cuenta? -Que si no perdonas, estás pidiendo tácitamente que no te perdonen. Dos sonrisas.
Mamá, cuando fuimos al mar y me llevaste atrás de las olas, no alcanzaba a tocar con mis pies la arena; movía los brazos y piernas para no hundirme, quería agarrarme de ti pero tú te ibas más atrás... ¿Me dejaste sola?
- ¿Pero acaso no sentiste maravilloso moverte libremente en el mar, en esas varias y saladas temperaturas? ¿Te diste cuenta de que podías vivir sin estar agarrada a mí?
-Sí. Un momento sentí así. ¿Cómo sabes? Las mamás sabemos todo. El amor libera.
-¿Por qué me das tu crucecita de madera? Quédatela tú. Frunce, no habla; insiste, acepto y le digo ya me voy. El trabajo, el esposo, los hijos, ya sabes.
Está sentada, me pongo de cuclillas para despedirme; creo que no sabe quién soy. Su mano tiembla, estira para llegar a mi frente y con dificultad oigo “en nombre del Padre”; tomo su mano, la guío en la señal y digo el resto. Oye mi voz, llora. Tal vez sienta miedo mientras vive así, en aguas extrañas que han llevado lejos su mente; tal vez estemos con las manos estiradas sin lograr hacer contacto, como hace años en el mar, pero ahora ya sabemos que nos amamos en un nivel que la medicina no entiende porque ni la muerte ni la enfermedad tienen la última palabra, ¿verdad mamá?