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La ‘princesa’ surcoreana es despojada de su cargo

Parecía destinada a hacer historia. Era la hija de una de las figuras más controvertidas de la historia reciente surcoreana, el dictador militar Park Chung-hee. Se convirtió en la primera mujer jefe de Estado de su país, con una de las mayores proporciones de votos a favor de la historia democrática surcoreana. Y finalmente, sí, Park Geun-hye pasó a los anales, pero no por los logros de un mandato anodino e impopular, sino por ser la primera líder de su país expulsada del poder por la presión popular desde la implantación, hace tres décadas, de la democracia.
Después de la decisión del Tribunal Constitucional, que implica la convocatoria de elecciones anticipadas en los próximos 60 días, Park deberá ahora abandonar la Casa Azul, la residencia presidencial, que en los últimos meses se ha visto rodeada de manifestantes que reclamaban su dimisión. Para ella, su marcha tendrá una resonancia especial.
La ya expresidenta llegó a la Casa Azul con 10 años, cuando su padre asumió el poder tras un golpe militar en 1961. Fue una época tan turbulenta en la historia surcoreana (entonces un país sumido en la pobreza tras la guerra contra el norte) como tan controvertida es la figura de Park Chung-Hee: para sus detractores, fue un dictador que violó compulsivamente los derechos humanos. Para sus simpatizantes, el hombre que hasta su asesinato en 1979 sentó las bases para el espectacular desarrollo económico del país.
Cuando Yuk Young-soo, madre de Park, murió en un atentado fallido contra el general, ella, con 23 años, asumió las tareas de primera dama. Frente al dolor por su madre, encontró consuelo en Choi Tae-min, un predicador, fundador de una secta, la “iglesia de la Vida Eterna“, que fundía en una extraña mezcla creencias.
Tras el fallecimiento del predicador, los lazos se extendieron a Choi Soon-sil, hija de aquel y apenas un poco más joven que la propia Park.
En 1979, Park Chung-Hee era asesinado por su propio jefe de seguridad. Su hija, huérfana, se retiró de la luz pública. Volvería a la escena política a raíz de la crisis financiera en Asia de los años noventa.
En 2007 la embajada estadounidense en Seúl redactaba un cable que emergería filtrado por Wikileaks, y que recogía las profundas sospechas que rondaban a la relación entre ella y los Choi: se rumoreaba que el predicador gozó de “completo control de Park y, como resultado, los hijos de este acumularon una enorme riqueza”.
En 2012 volvió como presidenta a la Casa Azul, con un programa que hacía hincapié en la dureza frente a Corea del Norte. Para entonces ya le llamaban “la princesa de hielo”, por su carácter distante, sus maneras autoritarias y su aparente falta de apego familiar.
Su gran crisis llegó en 2014. Fue acusada de negligencia en el hundimiento del ferry Sewol en 2014, el peor desastre en la historia del país, en el que murieron 304 personas, la mayoría de ellos escolares.
La estocada final llegó el año pasado. El hallazgo de un miniordenador que Choi extravió expuso hasta qué punto esta empresaria tenía acceso a Park y participaba, sin contar con ningún papel oficial, en las tareas más delicadas del Estado.
Llamada ‘Rasputina’ por la prensa, Choi está acusada de haber utilizado su influencia para obtener más de $ 70 millones de diferentes empresas, como Samsung.
El resto -las protestas para exigir su dimisión, su cese en el Parlamento, la sentencia judicial de ayer- es historia. La historia para la que estaba destinada Park. Y de la que ayer salió por la puerta de atrás.