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Loco
Cuando Bucaram fue depuesto en 1997, no por otra cosa que por loco, todo el mundo respetaba su importante base política. Para nadie era ajeno que el líder seguía siendo un contendiente electoral peligroso.
Los juicios que se le siguieron después sirvieron para despojarlo de prácticamente toda posibilidad de regresar al poder. O al menos a las grandes ligas del poder, hasta su retorno del exilio hace unos meses, 20 años transcurridos.
El episodio me recuerda a Rafael Correa, de quien todavía algunos proyectan la sombra como riesgo electoral, rondando sobre decisiones de todo tipo. Personalidades y estilos aparte, ¿por qué tiene sentido una comparación?
No he hecho énfasis en los delitos que se le imputaron a Bucaram y los que se le imputan hoy a Correa (o los que se le imputaron a otro expresidente exiliado, Mahuad), porque lo esencial de mi punto no son las infracciones que pudieron cometer el uno o el otro, sino el tamaño de su capital político cuando perdieron el poder.
La suerte política de Bucaram, Mahuad o Correa no la definen los tipos penales ni los jueces que llevan las causas. Es a la inversa: los jueces y los tipos penales dependen de la suerte política de los expresidentes.
Ahí es donde se equivocan quienes idealizan una justicia independiente de la política. Definición y percepción de justicia derivan de los balances políticos del momento, son tributarios de estos. Lo que era considerado justo hace siglos es considerado injusto hoy.
El problema no es que la justicia derive de la política, pues eso es inevitable. El problema es que nuestra política no sea lo suficientemente civilizada para prescindir, en sus manifestaciones legales y judiciales, de ciclos pendulares de conflicto y persecución irascible.
Ninguno de los exmandatarios citados ha logrado que su plataforma política lo subsista. Por eso cayeron en desgracia, por eso son, más que sea en alguna medida, comparables. Por eso puede Lenín actuar sin miedo al correísmo.