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“Voy por Tokio y una fundacion”

Víctor Hugo Assaf es sinónimo de esa confianza interna. Pasó de ser una máquina del Crossfit latinoamericano a casi olvidarse del deporte. Hoy el desafío es mayor: llegar a los Juegos Paralímpicos en Tokio 2020.

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P ara soñar hay que creer. Creer en las capacidades, en que habrá mejores días y que cada obstáculo superado es un escalón más. Víctor Hugo Assaf es sinónimo de esa confianza interna. Pasó de ser una máquina del Crossfit latinoamericano a casi olvidarse del deporte. Hoy el desafío es mayor: llegar a los Juegos Paralímpicos en Tokio 2020.

Fue en 2009 cuando comenzó el idilio con esta disciplina y en 2012, su vida dio un vuelco inesperado. El guayaquileño de 28 años tuvo un accidente en moto que le provocó la pérdida del plexo braquial o nervio periférico en su hombre derecho. Perdió la movilidad de su brazo, el de su perfil, y desde ese día, todo cambió.... para bien.

“Antes del accidente era una mala persona, en la recuperación fui un niño y ahora veo que me hizo un mejor ser humano. El neurólogo me dijo que busque otra cosa de profesión porque no iba a poder hacerlo nunca más, fue terrible”, comentó el deportista a EXPRESO.

Los “ocho meses de oscuridad” que atravesó Víctor y su familia acabaron una madrugada en la que él entendió que “todo mi entorno se estaba hundiendo conmigo. Mi mamá trataba de esconder eso, siempre daba lo mejor en la situación”, y ella, Rebecca Assaf, fue quien terminó de empujar a su hijo hacia la total resurrección.

“Al principio volver fue incómodo, había muchos ojos en mí”. Pero eso quedó atrás, sabe lo que genera y reconoce que “ha cambiado vidas”.

“No tengo problemas en regirme al trabajo para ir a los Juegos Paralímpicos. Ya lo hice para las triatlones (Salinas y Galápagos)”, agregó el atleta, quien compitió en Houston contra el estadounidense, Logan Alridge, en abril pasado.

“Me veo y quiero darle cosas a Ecuador. Llegar a Tokio y tener una fundación para gente como yo, dar charlas e influir más. Siempre hay más cosas por hacer”, concretó.

Cada mañana, Víctor despierta, toma una taza de café, esconde su esquelética mano debajo del cabestrillo e inicia su día entre pesas, gimnasios y clases. Es un tipo que levanta 375 libras en peso muerto, pero le resulta imposible poner cosas dentro de fundas o abotonarse una camisa. Ironías en la historia de un guerrero, que no parará hasta llegar a Tokio.

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