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“El terremoto de Ambato que arraso con Pelileo y Pillaro permanece en la memoria”
E ran las dos de la tarde del viernes 5 de agosto de 1949 cuando, en la casa de mis padres en Píllaro, se sintió un fuerte temblor, cinco minutos más tarde, al repetirse, se transformó en cataclismo; corrimos al patio y caídos, veíamos derrumbarse la casa. La tierra bamboleaba, parecía dar vueltas, el terror aumentaba por el sordo ruido. Al incorporarme, vi a mi padre que venía. “¿Quién murió?” gritó. “Nadie, la casa cayó”, contesté. “Entonces no llores”, me dijo. Tres palabras encerrando un mensaje: No llorar por perder algo material, sí por un ser querido jamás recuperable.
La energía desatada cambió el clima, el ardiente sol desapareció, comenzó a llover; los chicos acurrucados en el terreno rezábamos, mientras los mayores construían un improvisado techo con ramas secas. De noche, sobre las hojas y por los temblores no se podía dormir, nadie hablaba, solo el murmullo de la lluvia al caer sobre las ramas del improvisado techo; amaneció y el sol volvió a brillar.
En esos días escuché a los mayores, de un joven periodista que había llegado y que, además de obtener y proporcionar información, colaboraba con las autoridades y ciudadanos con ideas y orientaciones para mitigar el desastre, algunos días, sin escatimar esfuerzo ni tiempo. Había sido Jorge Vivanco.
Mario Carrillo