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Inteligencia colectiva

Corría febrero de 1985 y yo había terminado mis estudios de administración de empresas en la Universidad Católica. Se presentó una oportunidad para trabajar y estudiar en Gotemburgo por un corto periodo antes de ingresar a la maestría, así que decidí tomarla. Me asignaron a la división de finanzas de una empresa multinacional de construcción, y durante los primeros días mi impresión fue que los suecos eran medio sonsos. Los encontraba lentos: no se apuraban para subir al tranvía, ni tomaban los primeros puestos. En las reuniones de amigos siempre estaban antes de la hora concertada y se iban exactamente todos a la misma hora, que por cierto el anfitrión anunciaba. Poco a poco, en la medida en que me sumergía en la cultura sueca, me iba dando cuenta de que era mucho más valorado “jugar en equipo que lucirse”. Por las noches, al salir de clases iba al complejo deportivo de la universidad, el cual quedaba justo al frente de la residencia de estudiantes donde vivía. Nuevamente la misma historia: se valoraba el juego en equipo más que los destellos de un buen jugador individualista. Nunca tuve la menor duda de que “persona a persona” los latinos estábamos a su nivel o podíamos superarlos, pero su sistema de juego en equipo en cada cosa que miraba, los llevaba a un nivel diferente. Luego, con el tiempo, supe que a aquello se le llama inteligencia colectiva.

El punto no es proscribir las capacidades individuales notables, y menos aún impedir que cada persona pueda destacarse por sus condiciones o esfuerzo. El asunto está en estimular y ayudar a lograr en niños y jóvenes, así como en nuestros colaboradores -para quienes conducimos equipos de trabajo- a desarrollar un liderazgo incluyente, integrador. Que ese liderazgo provoque que cada persona contribuya con lo mejor que tiene, y que se tenga claro que de los problemas, como familia o país, salimos todos o nos hundimos todos.

Años después sigo pensando que en el uno a uno no son mejores que nosotros, pero saben jugar en equipo, importando tanto quién hace el pase como quién mete el gol. ¡Ah!, y por cierto, no son nada sonsos.