
Inmuebles, a la espera del veredicto final
Prevención. El derrocamiento de los inmuebles afectados, con riesgo de desplomarse, obliga al desalojo de los vecinos para evitar accidentes.
Una pala mecánica araña lo que un día fue uno de los dos edificios de tres pisos ubicados en la esquina de la avenida Pedro Gual y Juan Montalvo, en Portoviejo. Las paredes de ladrillos se quiebran como una galleta crocante ante los ojos de Freddy Mendoza, su hermano y algunos vecinos del barrio.
Freddy mira cómo aquel par de casas que conocía de memoria se convierten en polvo. Su cuarto, el de su papá, el baño... Todo lo que no se “comió” el terremoto se derrumba frente a él tras el veredicto final.
El miércoles pasado una etiqueta roja calificó que la vivienda tenía daños severos. Otras dos personas de su confianza confirmaron la sentencia de decorramiento. Repararlas habría sido una locura. Pero, dice, la sensatez muchas veces duele más.
Freddy no estaba seguro de cuánto dinero se esfumaba a punta de palazos. Estimaba unos 600.000 dólares entre las dos casas, sin contar los arreglos recientes. Ni tampoco las dos semanas que su lubricadora ha permanecido cerrada y sin recibir ingresos.
En la calle Pedro Gual y Pacheco, Fabiola de Ocampo recogía sus cosas. Era el cuarto viaje que hacía para sacarlas. La viuda de 74 años y el menor de sus tres hijos vivían en el segundo piso. “Yo pensé que mi casa era menos segura que esos edificios”, exclamaba mientras dibujaba en el aire las construcciones que veía a diario. Al día siguiente del terremoto desocuparon el lugar y se fueron donde un amigo.
Mientras otro de sus hijos retiraba las ventanas “por si le confirman que hay que derrumbar todo”, contemplaba el esfuerzo de años y recordaba los planes que tenían. Cada piso estaba destinado a un hijo, pero -según le dijeron en la última revisión- habría la posibilidad de un derrocamiento parcial “para que las columnas no aguanten tanto peso”.
Por eso escribió su número de teléfono en el pilar de la casa, junto al sello rojo que calificaba al inmueble de “inseguro”. Lo hizo debajo de otro sticker rojo con la palabra “demolición”.
A una cuadra del lugar, Betty Valle, Rosa Collahuaso y Rosa Tacuri conversaban de sus preocupaciones. La casa de la primera de ellas, de una planta, tiene un sello amarillo; sin embargo aclara que el color era preventivo porque “al lado había una edificación en riesgo”. Lo que las incomodaba es que los militares desalojaran toda la manzana”. “Mi casa no está dañada; tengo las cosas aquí”, explicaba Betty.
A pesar de las recomendaciones de las autoridades, ellas prefieren permanecer en medio de la polvareda, en la llamada “zona cero” por miedo a perder sus cosas. Se las arreglan. Han pedido prestado un pequeño generador de luz para alumbrarse por las noches, hacen turnos para dormir y cocinan para las tres familias que participan en la vigilancia de sus pertenencias.