
La informalidad se desborda en Guayaquil ante las promesas incumplidas de poner orden
Comerciantes ocupan calles a diario para trabajar ante la inacción del Municipio. Analistas evalúan impacto social y político
El comercio informal ocupa diariamente las aceras y vías del centro de Guayaquil ante la falta de regularización por parte del Municipio. Durante la gestión del alcalde Aquiles Álvarez no se concretaron las zonas de intervención prometidas ni las ordenanzas para reubicar a los vendedores, situación que mantiene el conflicto por el uso del espacio público a meses de las elecciones locales.
Crónica de un día cualquiera en el centro
Calle Lorenzo de Garaycoa, exteriores del Mercado Central, 14:00. Una niña descansa en un banquito en media vía, obligando a los conductores a serpentear. Sostiene una funda de tomates que pasa a su madre para la venta. La menor emula sus gestos y ofrece el producto a un dólar. Mientras otros niños disfrutan sus vacaciones, ella resiste el sol que castiga al comerciante informal.

En Guayaquil, las ganas de trabajar también lucen como desorden cuando falta regulación y sobran necesidades. Durante un recorrido de EXPRESO por la calle 10 de Agosto, el paisaje es variopinto: ropa al ras de piso en descuento, jugos, una trabajadora sexual atenta, un canillita sentado y un policía metropolitano resignado. Todo frente a familias que buscan útiles escolares para el regreso a clases. En cada paso hay alguien con algo que vender, aunque no tenga el permiso para hacerlo.
El comercio se extiende por varias cuadras y a muchos les incomoda. “Vine con mi hija a buscar una mochila, pero de verdad que todo esto es un caos. No se puede ni caminar por la acera”, se queja Carmen Serrano, frunciendo el ceño ante el ruido de un vendedor de productos naturistas.
Promesas que no terminan de concretarse
En casi tres años de administración municipal, regular esta actividad ha sido un discurso en forma de promesa, hoy mermado por la crisis institucional del Cabildo. El recuento llega a ser contradictorio. Se prometieron expropiaciones para construir “nuevos malls” o “zonas de intervención” (según el exdirector municipal Fernando Cornejo) que nunca se alzaron. Se anunció un censo que, a inicios de 2026, seguía contando canillitas sin llegar al 50 %, e incluso se repitió el discurso de que se “trabajaba en una ordenanza” definitiva. EXPRESO solicitó al Municipio información sobre los avances en sus planes, pero hasta el cierre de esta edición no se obtuvo respuesta.

En la administración de Aquiles Álvarez -hoy detenido y en el limbo judicial- se perfilaron más de cinco directores de Justicia y Vigilancia, responsables de los recurrentes choques entre metropolitanos y vendedores; y en el Malecón 2000 se instaló un cerco eléctrico, admitiendo -en palabras del propio alcalde- que fue un error de campaña prometer el retiro de las rejas. Una barrera que hoy los informales aún intentan vulnerar a diario.
Sin voceros ni hoja de ruta clara, la calle simplemente parece retomar su anarquía natural, en crecimiento. Pero este desorden, aunque anclado en la falta de plazas de trabajo, termina asfixiando el dinamismo de la ciudad y premiando la evasión. Adriana Amaya, investigadora de la escuela de negocios ESPAE de la Espol, señala que el 71 % de este grupo opera bajo el paraguas del autoempleo. Aunque el inicio suele darse por necesidad, la informalidad se perpetúa como una vía para esquivar los costos del sistema formal -patentes, facturación, impuestos-, consolidando una competencia desleal en las calles.

Descontrol que refleja un efecto fiscal y hasta un cálculo político
Este ambiente de anarquía comercial es el reflejo de un mercado laboral estancado. Según el INEC, a enero de 2026, el empleo adecuado nacional apenas llega al 36,6 %, mientras la informalidad atrapa al 52 % de la fuerza laboral. En zonas urbanas como Guayaquil, si bien el empleo pleno promedia el 46 %, la ciudad lidia con altos índices de subempleo y empleo no pleno: ciudadanos que laboran menos de la jornada legal, no alcanzan el salario básico y carecen de seguridad social.

Con un casco comercial desbordado y las elecciones del próximo 29 de noviembre a la vuelta de la esquina, el ordenamiento del espacio público se perfila como el eslogan inevitable. Sin embargo, Andrea Endara, politóloga de la Universidad Casa Grande, advierte que es un campo minado. La inacción actual, según la analista, responde a un cálculo electoral: “Los informales se convierten en la base electoral de este grupo en particular, porque son quienes han sido afectados por las medidas económicas que ha impuesto el Gobierno, que es de línea contraria a Aquiles Álvarez”, sostiene.
Por otro lado, para los candidatos que busquen la Alcaldía prometiendo “mano dura”, el discurso revivirá fantasmas y nostalgias. “Enseguida se los va a comparar con la era del PSC, específicamente con el abogado Nebot”, explica Endara. Si bien ese modelo impuso orden y estética, opina la analista, arrastraba “serios cuestionamientos por abusos de los metropolitanos, quienes además decomisaron mercadería”.
Prometer orden es una quimera que los contendientes electorales debatirán, aunque la actualidad resume que la informalidad, desde hace rato, le ha ganado el pulso a la autoridad.



