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Por que la inmigracion difiere del comercio

A pesar de la actual reacción contra el libre comercio, de la cual la agenda proteccionista “Estados Unidos primero” del presidente estadounidense Donald Trump es ejemplo destacado, la facilitación de bienes y servicios sigue teniendo sentido en lo económico. El tema de la inmigración -el movimiento de mano de obra entre fronteras- no es menos interesante, aunque mucho más complicado. Para un libertario como yo, los beneficios del libre comercio son evidentes: las transacciones entre vendedores y compradores bien dispuestos, dentro de una economía o más allá de las fronteras, casi siempre beneficia a ambos lados. Pueden ser necesarias restricciones para garantizar la seguridad de los bienes que entran a un mercado, pero debería haber un mínimo de barreras. Puede parecer justificado limitar las importaciones de los países con bajos salarios y malas condiciones de trabajo, pero en realidad priva a esos mismos trabajadores mal pagados de ganar lo poco que reciben e impone un impuesto injustificado y con frecuencia regresivo sobre los consumidores. En cierta manera, los beneficios potenciales de la inmigración pueden ser incluso mayores que los del libre comercio. Los mismos inmigrantes se benefician de salarios más altos, de mayor seguridad y libertad individual. Y la población local también gana, pues la nueva mano de obra realiza tareas menores o desagradables, amplía la base tributaria, expande los mercados internos y los inmigrantes pueden aportar energía emprendedora importante y enriquecer la comunidad local con su cultura, comida y tradiciones. No hay mejor ejemplo de los beneficios de la inmigración que EE. UU. Pero eso no significa que acogerlos sea gratis. Si bien muchos encuentran empleos productivos y pagan impuestos, otros no, tensionando las redes de seguridad social en tiempos de altas deudas externas y rápido envejecimiento demográfico. Son riesgos que se exacerban cuando llegan inesperadamente grandes cantidades de migrantes o refugiados, saturando los sistemas de educación y sanidad pública y la capacidad de viviendas. También hay que considerar los riesgos a la seguridad, que se extienden más allá de los recién llegados. En los últimos años, inmigrantes de segunda generación que rechazan los trabajos menores que sus padres tomaron, pero carecen de educación y aceptación social para ascender socialmente, han ejecutado ataques terroristas. Son casos de rareza extraordinaria, mas su creciente frecuencia en los últimos años resalta la importancia de manejar la inmigración con eficacia a corto y largo plazo. Una persona no necesita estudios avanzados para hacer aportes inestimables en ámbito empresarial, tecnológico o artístico, y sería, injusto rechazar a solicitantes de asilo por no tener un doctorado. La selección por razas es también inaceptable. Más sensato sería comenzar con la evaluación de una serie de factores, como infraestructura pública (¿cuántos inmigrantes puede sustentar de manera razonable?) y eficacia de la verificación de antecedentes (¿inmigrantes cuyas historias no se pueden confirmar?) El nativismo no debería tener voz en estos debates, pero tampoco el idealismo poco realista. La clave para una inmigración mutuamente beneficiosa es un pragmatismo realista. La mejor manera de reducir el miedo es manejar los riesgos.