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El hotel del humo
Un parque de Las Acacias se ha convertido en un refugio de adictos. Los vecinos piden la instalación de cámaras y control.

No tienen horario de entrada ni salida, ni respeto alguno por el vecindario y la autoridad que por ahí circula. Tan solo se instalan simulando estar en un hotel, cuyas áreas verdes y banquetas sirven de camas y refugios donde se posan a fumar desmesuradamente.
En el parque central de la ciudadela Las Acacias, al sur de la ciudad, hace cinco meses que no se respira tranquilidad. “Nos hemos llenado de jovencitos que consumen drogas todo el tiempo, que están perdidos y llenan de humo el ambiente, obligándonos a vivir entre rejas”, lamenta Rosa Lucas, residente de la manzana F1, que colinda con este espacio que da cobijo al menos a 20 adictos.
En el lugar, donde por seguridad los vecinos se han visto obligados a “ver y no meterse”, se queja Wálter Miranda, habitante, ya ni los niños pueden salir a jugar. “Mi nieto tiene seis años y no pasa de estar 15 minutos en la vereda”. Llevarlo al parque le resulta peligroso, cuenta, y no solo porque los consumidores tienden a asaltar a los transeúntes con cuchillo, como lo hicieron con él hace dos semanas, sino porque los árboles se han convertido en baños públicos: “Todo huele a orina y heces...”.
Aunque el problema afecta en mayor grado a quienes se atreven a cruzar el área, que colinda de forma directa con al menos 100 familias, la molestia (por insalubridad) se percibe también al exterior con los montículos de basura que están al pie del parque y resultan ser la ‘mina’ de los consumidores que escudriñan entre los desperdicios para reciclar plástico y vidrio para venderlos y así solventar su vicio.
Esta semana durante un recorrido, EXPRESO fue testigo de ello. Vio cómo cuatro jóvenes, ante la mirada del barrio y este equipo, dejaron escapar el humo que sus cuerpos no alcanzaron a tragar mientras recolectaban botellas, compartían y compraban en una esquina un aparente polvo en tono crema; y ya cansados de inhalar se echaban al suelo a dormir.
“Si se quedan aquí un par de horas, verá que hacen lo mismo tres, cuatro veces hasta desvanecerse”. El cuadro es terrible: gritan, se exaltan, manifiesta Benito García, el propietario de un comedor aledaño, que guarda en su celular el teléfono de un guardia privado de seguridad, amigo, que en situaciones de riesgo, los socorre.
“Hace como un mes se estaban peleando por una dosis cerca de las 13:00 y hubo violencia. Llamé entonces rápido al agente porque los alumnos de los colegios del sector (hay dos) estaban por salir y no quería que observen eso”. Ya tienen suficiente con alejarse del lugar que les pertenece, “hay quienes lo han intentado, pero la humareda es tal que se marean”, comenta.
Pese a que la Policía da rondas y ha intervenido y espantado decenas de veces a los toxicómanos, para los residentes es necesario que se instale, además de cámaras, una carpa al interior de la arboleda para custodiarla de forma perenne.
“Cuando llegan los gendarmes ellos se dispersan, botan lo que tienen, pero pasan unas horas y aparecen de nuevo...”. Lo ideal, dicen los vecinos, apoyados por los dueños de negocios, es que el Municipio durante el día envíe un pelotón de metropolitanos y junto a la Gobernación analice a fondo qué está pasando.
Hace menos de un año, aclaran, no vivían así. “Desconocemos si el expendio de drogas en Las Acacias se ha fortalecido por coincidencia, falta de controles o porque algún líder se ha asentado aquí”.
Sea cual sea el caso, reconoce otra habitante de la manzana G2, que solicita no se publique su nombre, el consumo ha proliferado desde que el Gobierno anterior permitió la tenencia de sustancias como consumo personal. “Ahora está bien fumar donde y lo que sea. Es esa norma la que está carcomiendo al país”.
Molestia
La informalidad preocupa
Las Acacias otra de las quejas de los moradores va ligada a la proliferación de vendedores ambulantes. En la calle principal, la José Vicente Trujillo, que colinda con la manzana E, decenas de informales, cerca de 30, venden desde papel higiénico y verduras hasta raspados y helados que elaboran con unos pequeños carros a motor que “generan un ruido tal que se escucha, como mínimo, a dos cuadras”, denuncia la familia Peña, asentada allí hace 40 años.
Para los residentes, quienes además denuncian estar cansados de la basura y la bulla que generan (por la noche beben, dicen los moradores), es necesario más control. “No estamos en contra de su trabajo, sí de los problemas que están provocando en el ambiente. Es como vivir en un circo”.