Hagamos canguil: La Asamblea está para sentarse y verla

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Hagamos canguil: La Asamblea está para sentarse y verla

El Pleno viola el artículo 129 de la Ley Orgánica de la Función Legislativa y se inventa un procedimiento con el fin de destituir a Guadalupe Llori por haber violado el artículo 129 de la Ley Orgánica de la Función Legislativa.

Virgilio Saquicela toma posesión del despacho de la presidencia de la Asamblea.
Golpe parlamentario: Virgilio Saquicela y los complotados toman posesión del despacho presidencial.René Fraga / Expreso

La ley, un trapo

Trabalenguas parlamentario: el Pleno de la Asamblea necesitó violar el artículo 129 de la Ley Orgánica de la Función Legislativa para destituir a Guadalupe Llori por haber violado el artículo 129 de la Ley Orgánica de la Función Legislativa. Tal cual. El artículo 129 trata sobre el orden del día para las sesiones: cómo se establece, cómo se aborda, cómo se modifica. Efectivamente, Llori violó ese artículo para dejar fuera de agenda una propuesta de cambio del orden del día que no le convenía. Y esta semana, con 81 votos a favor y la complicidad de Virgilio Saquicela, que en ese momento era vicepresidente a cargo de dirigir la sesión y se le hacía agua la boca, la Asamblea en Pleno lo volvió a violar para cambiar el orden del día de manera arbitraria, introducir a debate el informe contra Llori y destituirla por violar el artículo 129. Moraleja: no hay problema en violar la Ley Orgánica de la Función Legislativa siempre que se haga con mayoría de votos.

Cerca del paraíso

“Se trata de que el Consejo de Participación Ciudadana elija las mejores autoridades”. Nadie se lo preguntó pero Virgilio Saquicela, novísimo presidente de la Asamblea Nacional, se sintió obligado a explicar en su mismo discurso de investidura el porqué de esta suerte de golpe de Estado lleno de irregularidades. Al hacerlo, confirmó aquello que los promotores de la destitución de Guadalupe Llori vienen negando desde hace meses: que todo tiene que ver con el CPCCS. Lo demás fue un poco confuso: “No se trata de unos o de otros -se enredó Saquicela-, no se trata de decir que los unos queremos coger el poder en un sector o los otros también quiere cogerlo”. Efectivamente: se trata de que ya lo cogieron. El plan de asalto a los organismos de control emprendido por la alianza de correístas y socialcristianos avanzó esta semana un paso decisivo.

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Con la cabeza trabada

La correísta Pamela Aguirre (la Ay Pame de toda la vida), se desgañita en mal plan. Despacha su discurso a grito pelado, como solía hacerlo la Comandante Pelos de otros tiempos. “¡¡¡Cómo se puede ver al espeeejooo, siendo un lacayooo del supuesto imperiooo!!!”, le dice a Salvador Quishpe, el único legislador que la noche del martes salió en defensa de Guadalupe Llori. ¿Cuál será, para un correísta, el “supuesto imperio”? ¿La Rusia de Putin? “¡¡¡Con qué cara hablaaa de controlar la justiciaaa, cuando usted ha operado con un juez de Morona Santiagooo que le dijo nooo!!!”. Apenas si se detiene Pamela Aguirre a pensar que si el juez le dijo “no”, entonces a lo mejor no lo controla. Apenas si se detiene a pensar, a secas. Porque la vociferación estridente está reñida con el pensamiento: más que sustituirlo lo excluye, o más bien: lo traba. De ahí que a partir de cierto nivel de gritadera, que Ay Pame supera con creces, las palabras dejan de servir como vehículos de las ideas. Ella no debate: patea al perro.

Diga güisqui...

Una de las fotos más famosas de la Revolución Mexicana es aquella que muestra a Pacho Villa, con Emiliano Zapata a su derecha, sentado en la gran silla dorada del presidente de la República en el Palacio Nacional. Habían entrado a saco en la ciudad de México, llevados más por los efectos simbólicos de la toma que por cualquier propósito de naturaleza práctica. Cuando llegaron ahí, no sabían qué hacer. Cuentan que, después de sacarse la foto, cada quien se fue para su rancho.

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La noche del martes, una vez consumado el golpe en la Asamblea Nacional, lo primero que el nuevo presidente Virgilio Saquicela y los complotados hicieron tras confirmarse que Guadalupe Llori había abandonado la sede legislativa, fue lanzarse a la toma del despacho presidencial con tal voracidad que cualquiera diría que la posesión de esa oficina era la causa de todo este lío. Correístas, socialcristianos, rebeldes de Pachakutik y la Izquierda Democrática, todos rodearon al presidente y posaron junto al gran escritorio de caoba como si de un trofeo se tratara. Ahí estaba Luis Almeida, el tío de su sobrina. Ahí estaba Esteban Torres, el hijo de su papá. Y, recién salido de la piscina de sin-tetas-no-hay-paraíso, un exultante Ronny Aleaga en la cresta de la ola. Ya puede volver a su caleta.