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Diario Expreso Ecuador

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El funeral del presidente

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Probablemente no haya existido una figura política ecuatoriana tan compleja y tan contradictoria en toda la historia del país, aunque todos reconocen que fue un gran estadista.

Su gobierno se caracterizó siempre por ser contradictorio. Justificó la implantación del “imperio de la moral” mediante el uso de la represión, que incluía como práctica el escarnio público y la repatriación, bajo un sistema en el cual él era la ley.

Impulsó la modernización del país, pero también impuso una ideología de Estado reaccionaria y excluyente.

Su proyecto modernizador se orientó a la reforma, así como al desarrollo de las instituciones ya existentes, poniéndolas asimismo, en función de su proyecto centralizador.

Vigorizó la institución familiar.

Modernizó la Policía, las Fuerzas Armadas y el régimen penitenciario.

Amplió las bases de la educación y trabajó en la modernización de los planes de estudio.

Llevó adelante un gran plan vial del país, además de la reforma del sistema electoral.

En uno de sus discursos afirmó: “... moralizar un país en el que la lucha sangrienta del bien y el mal, de los hombres honrados contra los hombres perversos, ha durado por espacio de medio siglo, y moralizarlo por medio de la represión enérgica y eficaz del crimen y por la educación sólidamente religiosa de las nuevas generaciones; respetar y proteger la santa religión de nuestros mayores, y pedir a su influencia benéfica la reforma que las leyes y los gobiernos no pueden conseguir por sí solos”.

La patética imagen del cadáver de Gabriel García Moreno, el otrora poderoso presidente del Ecuador, sentado en el sillón presidencial y ataviado con uniforme de gala y con la banda presidencial, presidiendo su propio funeral en la Catedral Primada de Quito -luego de caer asesinado el 6 de agosto de 1875 al pie del Palacio de Gobierno, frente a la Plaza Grande-, da una idea del respeto y temor que infundía aún después de su muerte.

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