La fuerza

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La fuerza

Mientras escribo estas líneas, el Gobierno estaría desplegando todos los medios a su disposición contra los presuntos responsables del secuestro de los tres periodistas. Así lo ofreció.

Cuáles son esos medios, imposible saberlo.

Es “vox populi” la merma militar y policial como consecuencia de la política de la década pasada. Helicópteros que se caen, radares inútiles, descabezamientos sucesivos de las levas más preparadas para liderar la defensa nacional, o en última instancia, el relevo político en la inteligencia policial.

Según las definiciones académicas, terrorismo es el uso desproporcionado de la violencia para fines políticos. El secuestro y la amenaza de muerte, cuando tiene vocación pública, lo es. Con la grandilocuencia de sus medios, el terrorismo garantiza efectos psicológicos y zozobra social, creando condiciones para la reivindicación política.

Por eso los presos por terrorismo se declaran presos políticos, mientras son perseguidos por delitos comunes. Para los gobiernos, reconocer esa calidad a un terrorista es cuestionar su propia legitimidad. En última instancia, toda la teoría del Estado moderno se funda en el monopolio del Estado sobre el uso de la fuerza, premisa que estos actos ponen dramáticamente en duda.

Por su origen político, existe virtualmente en todas partes. En Oceanía, América Latina, en Estados Unidos y en Europa, se han vivido en variantes religiosas, nacionalistas e incluso como reivindicación sobre el eje político de izquierda y derecha.

Siglos atrás, aunque sin medios modernos de comunicación, se registró como terrorismo actos contra regímenes absolutistas; durante la Guerra Fría como forma de reivindicación roja; en la actualidad, donde el terrorismo de los desarraigados norteamericanos reclama con bala a mansalva su inclusión en una modernidad esquiva.

Pero en ninguna parte donde se habla de terrorismo el despliegue militar ha sido el factor decisivo para su resolución. Si lo fuera EE. UU., Israel o Rusia, con su potencia bélica, serían inmunes.

Para cada gran problema, dicen, hay una solución elegante, sencilla, concreta -y equivocada.