Evo se fue

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Evo se fue

Evo se fue y se fue para bien. Qué pena por México, que acoge todo tipo de actor perseguido. Evo se fue por abusivo, Evo se fue porque no supo leer a su país, Evo se fue porque no quiso entender que los bolivianos no votaron por él; la irresponsabilidad es que se fue porque se lo exigieron, se fue dejando el caos, se fue huyendo como uno de esos vándalos que tanto hemos visto en la televisión saqueando propiedad privada.

Qué vergüenza Evo y qué vergüenza el socialismo del siglo XXI, representantes de la descomposición estatal del siglo que cursa. Sus teorías han sido probadas mentiras, los líderes de dicho movimiento son investigados por sendas causas penales de malversación de fondos públicos, es decir, respetado lector, que le robaron directamente a su bolsillo.

¿Cuál es el problema ulterior? Que quien trabaja para ir al supermercado -cuando le alcanza la plata para ir a hacer la compra- se desgasta a diario con el lastre del modelo que tanto quisieron vender como la solución, ahogado en impuestos y decisiones lejanas a su control. Se pierde la confianza, el mejor ‘commodity’ de la humanidad.

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La confianza es la base del sistema monetario, el dinero solo puede operar con confianza, la base de las relaciones contractuales, de las relaciones políticas, de las relaciones amorosas y sociales, del sistema de creencias; la confianza es el manifiesto ciudadano durante las elecciones, que cuando son obligatorias nos llevan a definir en quién confiamos más entre algunas opciones. La confianza debe depositarse con información, con objetividad, con contraste, características que se oponen a la emocionalidad del voto; por eso el miedo es tan poderoso en las campañas políticas.

Pero no me alejo del tema central; Evo se va destruyendo la confianza en su país, su confianza, la del mercado internacional y la de sus inversionistas nacionales, que en vista de la situación pondrán su confianza en lista de espera. Toma mucho ganarse la confianza y toma poco perderla. Es nuestra responsabilidad individual, como depositarios de confianza, aprender en quién se confía y en quién no; de no hacerlo, la lección regresa para ser aprendida.