Una Europa de ciudadanos
Los atentados terroristas del 22 de marzo agudizaron el estado de introspección crítica de la Unión. La reflexión sobre los fracasos y la sucesión de incompetencias de las instituciones contaminan las políticas y actuaciones de las instituciones y los líderes políticos. Europa lleva años encadenando interminables episodios de conmoción, desde Grecia hasta el influjo de refugiados. Frente a estos, los dirigentes europeos han adoptado una mentalidad de respuesta de crisis que antepone la reacción a la acción, perpetuando la desestabilización. Reina la autocomplacencia y las crisis se han convertido así en norma para la UE.
La unidad europea atraviesa un periodo de desintegración acelerada y si aspira a la supervivencia a largo plazo, más allá de la retórica, necesita urgentemente decisión. Debe constituirse en un ente verdaderamente transnacional, lo cual exige cambios profundos y fundamentales en relación con la manera de abordar la integración europea. El pecado original de la construcción europea es que no cuenta con una clara interiorización de lo europeo más allá de Bruselas. Los acontecimientos, las políticas y los desafíos se perciben por regla general desde un prisma nacional. La responsabilidad política, en particular la fiscal, el bolsillo de los ciudadanos, sigue siendo un asunto entre estos y las capitales nacionales. Y sin embargo, la existencia de una exclusión mutua entre UE y los veintiocho Estados miembros es falsa. La subsidiariedad, correctamente aplicada y entendida como el poder de toma de decisiones en el nivel de gobernanza que proporcione mayor utilidad es y debe seguir siendo principio rector de la acción europea. Pero hay circunstancias que requieren planteamientos conjuntos y compartidos que, para ser eficaces, demandan que Bruselas sea algo más que chivo expiatorio de todos los males y centro de irradiación de discursos grandilocuentes. Para que se produzca un viraje real y legítimo hacia un ejecutivo comunitario eficaz, hace falta una conexión más sólida entre ciudadanos y representantes. En otras palabras: es preciso crear una conciencia de ciudadanía transnacional. Afianzar los vínculos políticos entre europeos requiere una reforma institucional basada en la voluntad y acción colectivas, y el compromiso íntimo ciudadano con el proceso. Contamos con las herramientas para alcanzar este objetivo, desde la sustitución del elaborado pero exangüe sistema de Spitzenkandidaten por una elección directa del presidente de la Comisión, hasta la introducción de un mecanismo de imposición directa comunitaria que materialice estos vínculos de responsabilidad.
Abogar en estos tiempos por más Europa es ir a contracorriente porque, sin perjuicio de la espiral de destrucción del proceso en la que nos encontramos, el sistema actual sirve a poderosos intereses. Solo una ciudadanía europea comprometida puede revertir las fuerzas centrífugas que emergen de estas crisis; solo una ciudadanía comprometida puede inspirar un sistema necesario de responsabilidades de la Unión y respaldar a los dirigentes comunitarios en la formulación y ejecución de políticas eficaces para romper el círculo vicioso de reproches que lastra el proceso decisorio de la Unión. De no reforzar el transnacionalismo nos veremos condenados al completo agotamiento de la Unión Europea.
Project Syndicate