Eternidad del libro

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Eternidad del libro

el libro, tal como lo conocemos ahora, con sus páginas impresas y perfectamente unidas, su cubierta de cartulina (portada y contraportada), más su forma casi siempre rectangular, es el instrumento fundamental de cultura del cual disfrutamos desde que Gutenberg puso a funcionar la imprenta de tipos móviles en el siglo XV, que significó una de las partes básicas de esa génesis de lo que en Historia se conoce como la Era Moderna, a partir del Renacimiento, el Humanismo, la Reforma y el Descubrimiento de América. No fue gratuito, pues, que hace pocos años, tras una votación universal, se ganara este alemán el merecido título de Hombre del Milenio.

Sin embargo, la transmisión de mensajes literarios o científicos se cumplía también a través de la lectura en páginas manuscritas, producto de pacienzudos copistas que existieron desde la antigüedad (la famosa Biblioteca de Alejandría estaba llena de esos papiros que mandó a incendiar el despiadado Omar) y, sobre todo, la Iglesia católica, con todo su poder teocrático, que la hizo severa dictadora en lo religioso, ético y cultural (como nos lo relata amenamente Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa) y que virtualmente tomó para sí la labor reproductora de textos dentro de sus conventos y abadías. Paradójicamente, esos textos sirvieron para que los humanistas iniciaran la época de la libertad espiritual e intelectual en el mundo occidental, en los albores del siglo XVI.

No obstante, así como en el pasado siglo XX se hablara de la muerte de Dios y de la Historia ante grandes acontecimientos históricos que se sucedieron antes y después de la extinción de la Guerra Fría, ahora mucha gente habla de la inminente muerte del libro. Pues se supone que será vencido por el imperio de la pantalla, o sea el mundo de la imagen, a pesar de que algunos intelectuales ponen, en su optimismo, el ejemplo de la radiodifusión, que no murió ante la aparición de la televisión, y del teatro, que no recibió los santos óleos del cine. Además, existe una suerte de sensualidad provocada por la sucesión de páginas impresas en las ávidas manos de sus lectores. De todas formas, se dice que ahora ya las enciclopedias son obsoletas ante el uso y abuso de la Internet.

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