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La esperanza vota en bote

El futuro. En San Fernando y Colorado del Río anhelan una carretera que los conecte con Pimocha

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El ronroneo de la ‘Pilarcita’ acalla a las aves más cantarinas. Celso Parrales, canoero con cuarenta años al timón y 73 de arrugas, se acomoda en la proa, remo en mano; se enfunda su sombrero de paja toquilla y alas rebeldes; y levanta el pulgar derecho para que su nieto Christian, de 16, dé carrete al acelerador.

Pimocha aún bosteza cuando el bote, al alba, zarpa a contracorriente en busca de quienes viven sitiados por las aguas desbordadas del río Babahoyo desde hace “unos dos meses”. Todos menos Celso, que apurará hasta el mediodía, quieren votar a primera hora en la única escuela de la zona: la Simón Bolívar.

Como una enfermedad transmitida de padres a hijos, los habitantes de Colorado del Río y San Fernando, dos recintos poblados por 140 familias, padecen cada invierno las crecidas de este afluente del Guayas, que tiene al cantón Babahoyo en estado de emergencia. Al precio de un dólar, la embarcación de Celso, cuyo hogar se ha inundado en incontables ocasiones, es la única conexión con el mundo real. “Hasta los pescados se pierden acá”, ironiza.

Treinta hectáreas de arrozales yacen bajo el torrente, que corre poderoso; los palafitos de bloque que cobijan a los campesinos boquean en la superficie gracias a las columnas que los anclan al lodo; y los lugareños como Víctor Parrales, de 87 años y hermano de Celso, deben acercarse en frágiles piraguas hasta la canoa a motor: “En cinco décadas, he levantado ya siete casas”.

A pesar de que ambas aldeas llevan “25 años” reclamando una carretera que les una con la parroquia, no han logrado que ningún gobierno les atienda. Y eso que apenas los separan cinco kilómetros. Así que antes de sufragar en Pimocha, Víctor desea cumplir con Dios. “Todavía confío en el Señor”, atestigua.

Lino Martínez, de 72 años, y su esposa, Ninfa Díaz, de 58, se descalzan para auparse al bote. A diferencia de sus vecinos, votan en Quevedo y Ventanas respectivamente. Les toca tomar, además, cuatro buses en total. Para ellos, la jornada electoral es un viaje de fe. Por eso “la paliza” se torna más llevadera. Como sentencia el hombre, “el ciudadano no gana nada por depositar una papeleta, pero sí gana el país”.

La necesidad azota a los Bermeo. Fausto y su hermano Roberto, de 42 y 40 años, no han generado ingresos en cinco meses. La empresa para la que laboran parece negarse a pagarles. Al primero, ni su esposa le arranca una sonrisa. “Ojalá el nuevo Gobierno, sea del color que sea, se acuerde de nosotros...”, enfatiza.

La de Roberto, cansada de penurias, se ha marchado una temporada a Manabí con sus cuatro hijos. “Me dice que vaya con ella, pero no puedo dejar todo botado”, lamenta cabizbajo.

Y a Rubén Magallanes, de 36 años, le importa más bien poco el resultado de los comicios. No sabe de macroeconomía ni finanzas. Para él, la prosperidad es un pedazo de asfalto. “Todos prometen la vía. A ver si esta es la definitiva...”, apunta.

Huele a gasolina, a esperanzas en combustión. Aunque para Colombina Morán, de 84 años, votar sea un tormento. No está obligada a hacerlo, pero sus hijos Dúmbar Mayorga, de 61, y Clotilde, de 66, prefieren evitar posibles problemas legales en el futuro. Así que le ayudan a desplazarse en una silla de plástico, que plantan en la punta de la embarcación.

Ella mejor que nadie personifica el desgaste de su comunidad. Tras poner el pie en Pimocha, se detiene cada diez metros a tomar aire, mientras Clinton Zurita, hijo de Clotilde e invidente, se aferra a la camisa de su madre para no tropezar. “Me canso mucho”, balbucea la adulta mayor.

Una ambulancia le acerca finalmente a la escuela. Y representantes del Consejo Nacional Electoral, acompañados de un militar, le permiten ejercer su derecho en el asiento trasero. “Tanto trajín por una pequeña carretera...”, apostilla Dúmbar. Olvida, sin embargo, que esa vía dejaría sin empleo a los canoeros como Celso...

Obligados por el certificado

En canoa, primero; en bus, después; y, finalmente, otro trayecto en camioneta que los deje cerca del recinto electoral.

Los habitantes de la Isla, Comején, Las Maravillas y Los Quemados, en el cantón guayasense de Daule, llaman a esto “la odisea de las elecciones”.

El agua les llega hasta la cintura. Pero no les queda otra opción que dejar sus casas y marchar a bordo de canoas, igual que en Colorado del Río y San Fernando, para votar. Un riesgo que deben tomar, no solo por cumplir con el ejercicio democrático del voto. “Tener ese papelito del certificado es muy necesario para todos nosotros (agricultores en su mayoría). Nos lo piden para los trámites”, justifica Rodrigo Romero, del recinto Comején. ERS

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