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Ejercitar la rebeldia
El martes pasado, una osa polar llorosa y casi ciega apareció en una ciudad de Siberia, a no menos de 500 km de su hábitat. Había andado en busca de comida una distancia como desde Ibarra a Guayaquil. Un día antes, científicos de la Universidad de Alaska Fairbanks revelaron que el Ártico se está descongelando 70 años antes de lo previsto. Uno de ellos, Vladmir Romanovsky, dijo que el clima ahora “es más cálido que en cualquier otro momento de los últimos 5.000 años”.
En Kuwait, el fin de semana se marcaron 52°C a la sombra y 63 en la exposición directa al sol, la temperatura más alta jamás registrada en la historia. Cuatro países de la zona tuvieron calores similares.
El calentamiento global es un hecho y las advertencias científicas semejan la presencia de un sacerdote en la cama de un enfermo. Porque ni aun cumpliendo con todos los protocolos acordados el 2015 en París para reducir la emisión de gases tóxicos, se podría evitar un calentamiento desenfrenado.
¿Hace falta decir que eso es también de nuestra incumbencia? El mundo ya no es ancho y ajeno: es pequeñito y es nuestro. No hay otro, no tiene repuesto. ¿Y qué se puede hacer? Pues ejercer nuestros derechos. Como el de la rebeldía. Sí. A la rebeldía hay que sacarla a hacer ejercicio o se atrofia. Rebeldía, por ejemplo, contra las pequeñas-grandes contaminaciones que nos atañen. Como la de la minería, que casi nunca ha sido responsable en este país, por mucho que los que se han enriquecido con ella nos digan lo contrario. Minería que en nuestros altos páramos australes podría liquidar fuentes de agua ancestrales, desatando un arrasador poder contaminante. Ya hablaremos de eso.
O como la de decenas de canteras guayaquileñas que una alcaldesa timorata se niega a clausurar dándoles un nuevo plazo para que justifiquen lo injustificable: que devastan la naturaleza de una ciudad que parece solo amar el cemento. Y el adoquín.
Ejercitar la rebeldía. Luchar por un entorno menos masacrado. O de lo contrario, y no es una metáfora, los que caminarán 500 km en busca de comida no solo serán unos osos polares de ojos llorosos y tristes.