Educacion en valores

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Educacion en valores

La palabra valor es utilizada principalmente en economía, desde que Adam Smith se refirió en el siglo XVIII al valor de uso o cambio de los bienes. Desde un punto de vista humano es un atributo o virtud; existen personas valiosas por sus conocimientos, sus méritos, por la forma en que actúan en la vida.

Me referiré a los valores morales, ante la desenfrenada corrupción que vive el Ecuador y que el presidente Lenín Moreno calificó como “espeluznante”, que equivale a horror, espanto, lo cual no es exagerado, ante evidencias de actos o contratos en los que intencionalmente se aumentó el volumen de obra y se forjaron sobreprecios para obtener mayores “coimas”, causando un grave e irreversible daño a todos.

El país espera que se sancione a corruptos y corruptores, que se recupere el dinero robado. Lamentablemente, el tiempo contribuye al olvido y favorece la impunidad, que no se agota en la falta de sanción. Los promotores de atracos a los recursos públicos han difundido pervertidos eslóganes: “todos son iguales”, “todos roban”, “no importa que robe si hace obras”; una verdadera apología del delito, que contribuye a desmoralizar a la sociedad y que desmotiva a personas honorables a participar en política.

Ante esta realidad hay que admitir que todo andará muy mal si no se obra sincera y honestamente. El ejemplo educa más que la palabra. Comparto con José Saramago que la educación comienza en el hogar, y que la influye el medio donde se vive.

La educación formal debe tener como soporte básico una educación en valores morales, con activa participación de padres de familia. El anterior gobierno impulsó una educación orientada a introducir dogmas políticos en niños, adolescentes y jóvenes. Se olvidó lo elemental: las personas son bien o mal educadas, dependiendo de si existe buena educación, respeto, honestidad, decencia y responsabilidad.

Debe ponerse en práctica esta trilogía: la ley más importante, tu moral; el mejor abogado, tus principios; el mayor juez, tu conciencia. Los abogados se han multiplicado, pero olvidan defender el imperio del derecho y la justicia, y se prestan para cualquier tinterillada.