La economia de la corrupcion

Hace ya muchos años, en la universidad, me topé con un artículo académico que argumentaba que la corrupción es un mecanismo de mercado que, mediante el pago de un peaje, permite que los objetivos económicos de los agentes se cumplan. Debe haber sido el mismo artículo que, años después, le permitiría a otros personajes afirmar que las coimas no producen ningún perjuicio al Estado, más allá del cohecho que, en la misma argumentación, queda entre quienes hacen su agosto con la corrupción.

Pero ni la corrupción es un mecanismo de mercado, ni tampoco es neutra en cuanto a la afectación del Estado. La corrupción la pagan, en primer lugar, los contribuyentes, quienes con sus impuestos mantienen a los gobiernos. El Foro Económico Mundial estima que los costos de la corrupción alcanzan el 5 % del Producto Global Bruto. La factura de los corruptos suma dos millones de millones trescientos mil millones de dólares ($2’300.000.000.000). De este total, las coimas suman mil millones de millones, según los cálculos del Banco Mundial.

Es un desperdicio descomunal de recursos que nadie puede darse el lujo de seguir pagando.

Los efectos económicos de la corrupción tienen una irradiación universal. Alguien debe pagar los costos de los dineros mal habidos cuando, por ejemplo, ganan los menos calificados, los proyectos se encarecen, la calidad y el servicio desaparecen, las obras se destruyen, las vidas humanas se pierden, y se desmoraliza la sociedad entera. El trillón de dólares que los corruptos perciben tiene pues efectos multiplicadores que afectan la calidad de vida de todos.

Quienes más sufren la devastación son los más vulnerables. Son los excluidos que quedan atrás, cuyo voto y fidelidad, de otra forma, se lo quiere rescatar luego con proclamas y promesas vacías e injuriantes.

La corrupción, lamentablemente, es una constante de la raza humana. La deshonestidad brinda promesas materiales irresistibles para sus beneficiarios y perniciosas para los demás. Desde Judas, que vendió a Jesús por treinta monedas de plata, hasta las manifestaciones de estos días, el afán de riquezas inmediatas, sin mediar otro esfuerzo que el de estar en posición de autoridad; o tener el control sobre un trámite; o vivir del capitalismo alcahuete que vincula a los empresarios corruptos con los mandos medios o altos de gobierno: todas son manifestaciones de un cáncer que hoy ha hecho metástasis.

Hay manifestaciones triviales de apariencia, como el dar una “propina” para sobornar al policía de tránsito, que ponen en evidencia la descomposición pues, al final del día, el proceder honesto es un estado mental que se convierte en parte de la cultura colectiva. A manera de las mafias, las organizaciones del crimen tienen el propósito de corromper a como dé lugar para extraer rentas ilegítimas, mal habidas, que nacen de la posición de poder y buscan aumentarlo para sustentar el estruje y el robo del dinero de la gente.

Latinoamérica finalmente despierta y se rebela. Es hora de poner fin a un modo de vida: ¡Basta ya!, se oye por doquier. Esperemos que el eco tenga la resonancia requerida para que la anticorrupción se vuelva, por fin, política de Estado.

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