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De la droga a Barrio 10 / 10
Los vecinos de la Décima y Diez de Agosto están más tranquilos tras las intervenciones que alejaron a los microtraficantes.

La advertencia se dio a la entrada de la Diez / Diez, una cuadra del suroeste de Guayaquil que durante tres décadas, estuvo infestada de microtraficantes y adictos. Fue un gran mercado de sustancias sujetas a fiscalización que llevó al barrio a ser bautizado como la ‘Bahía de la droga’.
-¡Tenga cuidado!, aconsejó el policía apostado en la Unidad Móvil de la Policía Comunitaria que el Comando de la Zona 8 colocó en el cruce del callejón de la Décima y 10 de Agosto. Allá, donde comienza la exhibición de los ‘Gigantes’ de madera y cartón, que se roban el show de las fiestas de fin de año. Y donde te pueden ‘bajar’ hasta la vida, si te ven mal parqueado.
El consejo dejaba claro que las intervenciones policiales ejecutadas en el sector, entre 2016 y 2017, no habían sido suficientes para alejar del todo la venta de droga al menudeo y, por ende, el peligro.
-Pero está más tranquilo, aseguró el oficial, al señalar los cerca de cien metros de calle que separan las treinta casas de cemento y madera que forman parte de la Diez / Diez. Calificado así, desde hace dos años, por ser -según la policía- uno de los sectores más seguros del Garay: el primer barrio popular de la Perla del Pacífico, asentado hace 80 años a orillas del estero Salado, sobre toneladas de basura.
-El difuntito Assad Bucaram nos hizo la obra, comentó Nicolás Cirino, al rememorar a ‘Don Buca’, aquel líder del desaparecido partido Concentración de Fuerzas Populares (CFP), quien les llevó el pavimento a las calles. Del alcalde Asisclo Garay no tiene muchas referencias a pesar de sus 74 años. Cuatro años antes de que naciera, el entonces burgomaestre había urbanizado el barrio, y lo unió a la ciudad.
A pocos metros de Cirino, la vecina María miraba desde su casa de dos pisos el pequeño parque que construyó el Municipio, como parte de la regeneración urbana de la zona.
-Ya los niños pueden salir a jugar y uno puede dormir tranquilo, afirmó. La ‘gente mala’ que llegó de otros lados les quitó hasta el sueño, comenta, mientras posa una de sus agrietadas manos sobre su enredado cabello gris, y con la otra intenta cubrirse el ojo izquierdo del sol. En 2017 la operaron de una lesión.
Aunque doña María asegura que está tranquila, confiesa que guarda un gran temor: que en cualquier momento regresen “esos negritos” que a toda hora se apoderaban de las aceras de sus casas, para vender y consumir la H, la marihuana, la plo plo o la cocaína. Llegaban como a vender ropa. La situación empeoró desde 2000. Se lo hacía abiertamente. Algunos moradores lo permitieron y las bandas fueron tomando poder, recuerda Cristian, el hijo mayor de María.
Tras la venta y el consumo, la bahía de la droga se convirtió en el dormitorio de decenas de adictos. Los más frecuentes, los chamberos. -Los moradores debían sortearlos entre la basura, botellas de licor, jeringas, envolturas de cuadernos, para ingresar a sus casas.
La situación obligó a muchos fundadores a dejar sus hogares. Durante quince años, Cristian y su progenitora vivieron en una casa alquilada, ubicada a dos cuadras de aquella que construyó su padre hace cincuenta años, cuando apenas él tenía 25. María prefirió no enfrentarse con los malos vecinos. Además, buscaba proteger al segundo de sus hijos. -En estas redadas caen justos por pecadores, parafrasea, al recordar la noche en que llegaba su hijo y la policía lo quiso llevar preso. Lo confundieron como microexpendedor.
Pero fueron las viviendas abandonadas las que contribuyeron en la zozobra de los que se quedaron.
Al grito de ‘once... once’, los ‘zombies’ y microtraficantes escapaban de las redadas policiales, por huecos que traspasaban las paredes de las casas que habían quedado a su disposición.
En enero de 2016, el Ministerio del Interior, en coordinación con la Gobernación, la Policía Nacional y el Municipio, decidieron ponerle fin a la ‘Bahía de la droga’. Cientos de uniformados acordonaron el barrio para liberar los espacios públicos. Luego de 70 operativos con decenas de detenciones, la paz volvió a la cuadra. Los pocos vecinos que habían quedado decidieron armarse de valor para apoyar a la fuerza pública. Entre ellos Cirino.
A palos trató de defender su casa y la que había construido para algunos vecinos. -Sacaba un pedazo de mangle y les decía que “a mí no me iban a hacer hue...”, comenta entre risas, sostenido de un andador. Hace ocho años sufrió una caída desde un techado. Se partió la cabeza y las piernas. Eso lo limitó a seguir con la construcción de viviendas, un oficio que lo inició desde niño y que de adulto le representaba entre 200 y 600 sucres. Un oficio que también lo dejó sin el ojo izquierdo, por un clavo. Eso, hace 20 años.
Pero, a pesar de sus limitaciones, fue uno de los pocos que enfrentó a los microtraficantes. Hoy ríe para contarlo junto a su gran amigo José Yugla, de 84 años. Son ellos los que buscan ahora mantener la paz en la Diez / Diez.