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Las dinastias politicas
No es un fenómeno ajeno a la práctica de muchos gobiernos del continente que el poder lo ejerzan grupos que por su propia naturaleza bien pueden calificarse como oligarquías, haciendo referencia a la modalidad descrita con ese nombre desde los primeros textos de ciencia política. Tampoco es desconocido el ejercicio dinástico del poder, propio de las monarquías que ahora subsisten casi como un anacronismo histórico, luego de las turbulencias que en esa forma de gobierno provocó la Revolución francesa. Sin embargo, estando en el fondo de todos los comportamientos humanos, y la política es una de las actividades que más lo deja notar, la ambición de poder que fácilmente se vuelve desmesurada, su preservación parece haberse convertido en objetivo permanente de quienes lo alcanzaron y desean mantenerlo para sí y los suyos.
Las motivaciones, siendo diversas en su justificación verbal, tal cual la expresada como la necesidad de atender una tarea aún no concluida o un proyecto que requiere consolidarse en el tiempo, tienen un denominador común: cubrirse las espaldas. Por ello, son los regímenes que perpetúan los mayores atropellos los más interesados en mantenerse en su ejercicio directamente o a través de allegados de ‘confianza’, la cual es generalmente escasa entre los enamorados del mando. Podría establecerse una ecuación perversa: mayor corrupción, mayor afán por mantener el poder.
El hecho cierto es que ahora en el continente americano ya no son llamativos los casos de los prolongados ejercicios gubernamentales como el de Fidel Castro, quien luego de casi cincuenta años actuando de jefe supremo de Cuba transfirió el poder a su hermano Raúl, quien ya lleva diez ejerciéndolo. También es visible la emergencia potencial de una nueva dinastía en los Estados Unidos: la de los Clinton, que se suma en el sector de los demócratas a la de los Kennedy y en el republicano a la de los Bush. Lo lamentable es que entre esos ejercicios dinásticos se cuenten algunos como el de los Kirchner (Néstor y Cristina) en la Argentina, en cuyo prolongado mandato ahora esté siendo posible evidenciar la magnitud de la corrupción a la que sometieron a su país. Igual preocupación se manifiesta respecto a Nicaragua, donde los esposos Ortega aspiran a una nueva reelección, ahora en binomio.