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El detalle en el programa

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Tras el bautismo, el evangelio de Lucas sitúa a Jesús por Judea, haciendo su noviciado en el desierto. El Espíritu lo llevó hasta allí e “impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y era respetado por todos” (Lc 4, 14-15). Sin perder tiempo: entre el desierto y su tierra natal, va ofreciendo su “buena noticia” en las pequeñas sinagogas al paso. Y antes de lanzarse del todo a la aventura del Reino...

“Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura”. Como diríamos hoy, “jugaba en casa”. Seguro que su familia y sus paisanos estaban muy orgullosos de que uno del pueblo empezara a ser famoso por la región. Se ofrece para la lectura del profeta Isaías. La gente, atenta. Él recibe el rollo con el texto del profeta. Podría entenderse que leyó ahí donde el libro estaba “abierto”, pero también que él desenrolló el libro hasta que llegó a Is 61, 1. Personalmente me apunto a esto último. Porque pienso que Jesús quiso que quedara claro que lo que el profeta había escrito era su propio programa de trabajo.

Estaremos de acuerdo en que es un texto vigoroso y bello: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. (Is 61, 1-2) ¿Quién podía quedarse como si tal cosa, cuando la voz del joven Jesús resonaba en el ambiente con temblores de libertad para todas las opresiones?

En Isaías, la “buena noticia” es para los que sufren; en el texto de Lucas es, en primer lugar, “para los pobres”, que son nombrados como diferentes a los cautivos, a los oprimidos, a los ciegos... aunque todos aquellos a los que les han robado su dignidad de personas son pobres hasta en la entraña. La “buena noticia” (evangelio) es la de la misericordia del Dios que los y nos ama. Es posible que, por eso, los radicales que hubiera en la reunión, debieron quedarse mosqueados porque...

Porque Jesús “corta la lectura” y “se come” el versículo que, en Isaías, sigue a lo de “el año de gracia del Señor”. ¿Qué decía? Esto: “el día del desquite de nuestro Dios”. Para este joven rabí no hay desquites de Dios ni Dios de desquites. Se ha hecho el silencio. “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él”. Y él dijo: “Hoy, en presencia de ustedes, se cumple esta Escritura que acaban de oír”.

¡La que se armó! Pero eso será para comentarlo otro día. Hoy nos quedamos en el programa. Ningún catecismo, ninguna “doctrina”, ningún código de leyes. Un programa de registro único: esperanza para todos los pequeños de la vida porque su Padre tiene un corazón capaz de sintonizar con cualquier miseria humana y curarla. Y nuestro Francisco de ahora se ha encargado de recordárnoslo, aunque parece que nos cuesta abandonar a un Dios de leyes de piedra y diplomáticos melifluos. Buenos días.

Tras el bautismo, el evangelio de Lucas sitúa a Jesús por Judea, haciendo su noviciado en el desierto. El Espíritu lo llevó hasta allí e “impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y era respetado por todos” (Lc 4, 14-15). Sin perder tiempo: entre el desierto y su tierra natal, va ofreciendo su “buena noticia” en las pequeñas sinagogas al paso. Y antes de lanzarse del todo a la aventura del Reino.

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