Democracia y dinastia

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Democracia y dinastia

Resulta complicado tener que aceptar políticamente ciertas situaciones repudiables de una persona o grupo social, que son totalmente opuestas a aquello a lo que han pregonado o luchado durante su vida. Resulta muy difícil de entender o aprobar lo que sucede ahora en la Nicaragua de Ortega, exlíder guerrillero, luchador contra una de las dictaduras más oprobiosas, sanguinarias y largas de la región, como fue la de la familia Somoza, de 1934 a 1979, auspiciada y protegida por los EE. UU., de cuyo fundador ‘Tachito’ dijo el presidente Franklin D. Roosevelt, con el cinismo político del “buen vecino”: “Puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Y que se jactaba «¿Yo, presidente de Nicaragua? ¡Nicaragua es mía!».

Pero parecería que el cuadro militar y revolucionario, dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional-FSLN, lo quiere emular y superar en 2016, 37 años después de haber liquidado a partir de una larga insurrección popular al tercer Somoza y, por ende, a toda la dinastía; y , posteriormente, desde el poder haber enfrentado a la Resistencia Nacional, o “la Contra”, encabezada nuevamente por los EE. UU. y Ronald Reagan, la derecha tradicional y excompañeros de la lucha antisomocista.

Ahora, a los 70 años, quiere perpetuarse en el poder a partir de la construcción de un Estado autoritario, concentración de los poderes, judicialización de la política, al impedir la renovación generacional en su partido y oponiéndose a la alternabilidad, que impide la implantación de un régimen democrático.

De otra parte, se reconoce que Ortega mantiene una alta popularidad, tras una década en el poder, con un prudente manejo de la economía (agroproducción y maquilas a base de una alianza con empresarios) y programas sociales “populistas”, una compleja combinación del modelo económico chino y el caribeño chavismo en lo político y lo social.

La oposición lo acusa de socavar las instituciones, montar un régimen autoritario e instaurar una “dinastía familiar”. Nuevo somocismo o ausencia de una ética ciudadana.

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