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Decisiones culturales

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Han pasado algunos años y el Ministerio de Cultura termina siendo siempre el top 9 de los ministerios menos atendidos por parte de los gobiernos. Seguimos teniendo políticas culturales escuetas y sin una meta concreta; infraestructuras que siguen deteriorándose y envejeciéndose, especialmente en la costa, por falta de fondos. No solo se han deteriorado los espacios, sino también algunas obras y piezas arqueológicas que por falta de climatización terminan destruyéndose.

El último gran problema fue el pilotaje de la nueva aerovía. Ni hablar de espacios como los museos de Bahía o Amantes de Sumpa, en Santa Elena. El Ministerio de Cultura para optimizar recursos no debe de encargarse del mantenimiento de los espacios sino de crear políticas culturales. Los museos deberían de ser administrados por los municipios y así encargarse de las diferentes necesidades de cada espacio, dando un respiro a los directores para de esta manera poder crear cronogramas culturales inclusivos y con más recursos. Mientras tengan que seguir invirtiendo miles de dólares en solucionar problemas técnicos y reparar daños, el presupuesto para el desarrollo cultural seguirá en rojo.

Debemos simplificar los procesos para fortalecer e impulsar lo que nos importa, como son las museografías, curadurías, los artistas y es donde el Ministerio debe enfocar sus esfuerzos para que los profesionales culturales pongan en práctica sus conocimientos, creando fuentes de trabajo y propuestas innovadoras.

Estamos fraccionados y cada uno trata de hacer lo que puede, no lo que debe. La Universidad de las Artes graduará alrededor de 800 estudiantes, de los cuales muy pocos encontrarán trabajo, justamente porque no hay presupuesto para contratar nuevos profesionales ni jubilar a los que han cumplido su etapa. No tenemos investigación, no existe una línea editorial y las propuestas curatoriales pasan desapercibidas. Los fondos para ferias y exposiciones en el exterior por el momento deberían ser invertidos para mejorar nuestra propuesta cultural y discurso identitario. Hay que aprender a aceptar nuestra realidad: somos un gran pequeño país.

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