Cumbre de la Celac

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Cumbre de la Celac

Pese a la magnitud de algunas tensiones políticas a lo largo y ancho de las naciones que la integran, con buen criterio, los países miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) parecieran haber priorizado en su agenda los temas económicos.

Exportadores de productos primarios una mayoría de ellos, la caída de los precios de esos ‘commodities’ de la región vuelve prioritario el diseño de medidas que, al menos en principio, luzcan orientadas a un enfrentamiento en común de la crisis. Una de ellas, apoyada por el Ecuador hace ya un buen tiempo, es la creación del Banco del Sur, en ánimo a posibilitar el financiamiento de la infraestructura requerida con recursos propios.

Por de pronto, la agenda aprobada el año anterior, que será ahora revisada en su cumplimiento, mantiene plena vigencia: siguen siendo la pobreza extrema y la desigualdad estigmas que patentizan el subdesarrollo, situación que en parte es reflejo de la injusta distribución de la riqueza que persiste en el mundo.

Obviamente, de esa circunstancia deriva una calidad de la educación y un atraso en lo científico-tecnológico, que de no ser atendidos con urgencia y profundidad perpetuarán la pobreza. A pesar de que se hacen esfuerzos notables en cooperación entre nuestros centros de desarrollo académico, todavía se depende fundamentalmente de la cooperación con países de fuera de la región y son escasos los ejemplos de alianzas regionales. Por supuesto, no se espera a mediano plazo ser autárquicos en esas materias, ningún país lo es, pero sería amplio el beneficio resultante de la colaboración entre los países Celac que poseen diverso tipo de experticias reconocidas mundialmente.

Del mismo modo, problemas de la magnitud del narcotráfico, controlado por verdaderas transnacionales del delito, podrían ser enfrentados con mayor certeza de resultados positivos si se reorienta su combate y se coordinan las acciones.

Ojalá, superando las tensiones coyunturales, tal cual la existente estos días entre Argentina y Venezuela, Quito pueda ser la sede de nuevos avances en el largo pero imperativo camino de la integración de pueblos que anhelan estar conducidos por líderes lúcidos, capaces de procurar y alcanzar consensos, y no por permanentes cultivadores de un estéril disenso que a nadie beneficia.