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La cultura sin casa

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Es indudable que uno de los más importantes logros, tal vez el único, de “la gloriosa” revolución del 28 de Mayo de 1944, fue la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que lleva el nombre del gran Benjamín Carrión. Luego de más de 7 décadas, esta institución también ha sido “centralizada” para imponerle una ley, aprobada ya por la Asamblea, que había permanecido en “hibernación” por algunos años y que, extrañamente, a diferencia de otras leyes enviadas a la legislatura por el Ejecutivo y aprobada sin mucha discusión por “la aplanadora”, no fue sometida a proceso alguno de “socialización”. Es decir que no se la consultó ni se la discutió con las instituciones o elementos vinculados al quehacer intelectual, artístico o científico.

No cabe duda que para el ejercicio de sus funciones la CCE necesitó de esa amplia autonomía que la había amparado desde su fundación. Y que al no haber sido controlada directamente por ningún gobierno ha podido cumplir, a pesar de sus limitaciones económicas (era “la cenicienta” del cuento), con múltiples actividades y hasta la fecha, tanto la matriz como los núcleos provinciales, cuentan con la infraestructura necesaria para la realización de los diferentes actos programados en beneficio de un público al que se trata de culturizar a través de conferencias, mesas redondas, funciones de teatro y ballet, conciertos, cine club, etc.

De ahora en adelante la CCE ya no será regida solo por sus propias y legítimas autoridades, elegidas mediante procedimientos realmente democráticos, ya que dependerá del ministerio del ramo, ahora con nuevo titular, y algún otro organismo estatal. Y se ha creado, para el efecto estatizador, un Registro Único de Artistas y Gestores Culturales Profesionales (RUAC) dominado desde el poder. Esta semana se realizarán las elecciones que le darán un nuevo giro a la entidad, sin miembros debidamente calificados en su idoneidad cultural, ya que están en capacidad de votar, a más de los que forman parte del RUAC, los alumnos de la Universidad de las Artes, cuando la ley que imperó por años exigía un tiempo en el ejercicio de la membresía. Con la “masificación” se malinterpreta el principio de la democratización.

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