Corrupcion

Resuena por todos lados el latigazo de la corrupción. En Brasil, uno de los más conspicuos empresarios es condenado a 19 años de prisión, un notable expresidente es sujeto de una investigación por tráfico de influencias debido a que “las evidencias que existen en su contra no pueden ser ignoradas” y la empresa más emblemática del país, el botín de los corruptos, se encuentra hoy quebrada. En Bolivia, a un presidente celoso de su imagen se le descubre una relación amorosa clandestina que sirvió de vínculo para crear una amplia red de tráfico de influencias de carácter transnacional. Los venezolanos han visto desvanecerse su futuro en medio de la corrupción más escandalosa que ha invadido todos los ámbitos del poder, donde los funcionarios hacen gala de sus mal habidas fortunas, mientras los ciudadanos de a pie deben soportar la mayor carestía y vulnerabilidad que aqueja a nación alguna. En Chile su presidente ve caer su popularidad a la veintena de puntos, acosada por los negocios propiciados por su nuera y su hijo, otrora poderoso miembro del Gobierno. Y el cuerpo directivo del fútbol mundial, regional y nacional debe ser reemplazado por hurto y abuso de dineros ajenos.

Los tentáculos y la ubicuidad de la corrupción son sorprendentes por su poder y capacidad. El narcotráfico y el lavado de activos, la compraventa de influencias, los negocios de los gobiernos que fungen de empresarios, y, detrás de todo ello, los engendros de poder absoluto y ambición desmedida son los motores que mueven la corrupción. Se trata del más regresivo de todos los impuestos, pagado por todos los que no están en el círculo de poder; delito que roba los recursos de los más vulnerables, corta las esperanzas de progreso y es el caldo de cultivo de la descomposición social.

Cuando el poder absoluto apaga la función de fiscalización del legislativo se da vía libre para el abuso a través de las contrataciones a dedo, de los proyectos innecesarios y sobredimensionados, y de las coimas de toda laya.

Los corruptos pueden sentirse protegidos por la impunidad del poder, pero al “no haber plazo que no se cumpla”, eventualmente terminan pintados de cuerpo entero por intentar destruir el convivir civilizado.

Resuena por todos lados el latigazo de la corrupción. En Brasil, uno de los más conspicuos empresarios es condenado a 19 años de prisión, un notable expresidente es sujeto de una investigación por tráfico de influencias debido a que “las evidencias que existen en su contra no pueden ser ignoradas” y la empresa más emblemática del país, el botín de los corruptos, se encuentra hoy quebrada. En Bolivia, a un presidente celoso de su imagen se le descubre una relación amorosa clandestina que sirvió de vínculo para crear una amplia red de tráfico de influencias de carácter transnacional. Los venezolanos han visto desvanecerse su futuro en medio de la corrupción más escandalosa que ha invadido todos los ámbitos del poder, donde los funcionarios hacen gala de sus mal habidas fortunas, mientras los ciudadanos de a pie deben soportar la mayor carestía y vulnerabilidad que aqueja a nación alguna. En Chile su presidente ve caer su popularidad a la veintena de puntos, acosada por los negocios propiciados por su nuera y su hijo, otrora poderoso miembro del Gobierno. Y el cuerpo directivo del fútbol mundial, regional y nacional debe ser reemplazado por hurto y abuso de dineros ajenos.

Los tentáculos y la ubicuidad de la corrupción son sorprendentes por su poder y capacidad. El narcotráfico y el lavado de activos, la compraventa de influencias, los negocios de los gobiernos que fungen de empresarios, y, detrás de todo ello, los engendros de poder absoluto y ambición desmedida son los motores que mueven la corrupción. Se trata del más regresivo de todos los impuestos, pagado por todos los que no están en el círculo de poder; delito que roba los recursos de los más vulnerables, corta las esperanzas de progreso y es el caldo de cultivo de la descomposición social.

Cuando el poder absoluto apaga la función de fiscalización del legislativo se da vía libre para el abuso a través de las contrataciones a dedo, de los proyectos innecesarios y sobredimensionados, y de las coimas de toda laya.

Los corruptos pueden sentirse protegidos por la impunidad del poder, pero al “no haber plazo que no se cumpla”, eventualmente terminan pintados de cuerpo entero por intentar destruir el convivir civilizado.