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Diario Expreso Ecuador

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La charlataneria autoritaria de Erdogan

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¿Por qué las teorías conspirativas y la charlatanería general tantas veces reciben su mayor respaldo de los dictadores del mundo? La última evidencia de que esto es una característica necesaria del régimen autoritario se puede encontrar en el corazón de la actual crisis económica de Turquía. El país está agobiado por la deuda y su moneda, la lira, se está hundiendo. Sin embargo, al Banco Central prácticamente se le prohibió defender la moneda aumentando las tasas de interés porque el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, cree que aumentar las tasas de interés en realidad causa inflación. La profesión de economista lamenta discrepar. Pero Erdogan para obligar al Banco Central a adoptar su política monetaria descabellada, posicionó a su yerno Berat Albayrak, incompetente, en el cargo de ministro de Finanzas y del Tesoro del país. Soy particularmente sensible al impacto de las teorías científicas perversas en una sociedad. Joseph Stalin rechazó la genética mendeliana (las leyes fundamentales de la herencia) y hasta la teoría de la evolución de Darwin en favor de las falsas teorías de Trofim Lysenko (los rasgos humanos eran adquiridos). Con esto hundió a la biología soviética en honduras demenciales durante dos décadas. Nikita Khrushchev puede haber derrocado al estalinismo, pero no era menos prisionero de la perversidad teórica. No solo respaldó las teorías de Lysenko, sino que también les creía a los ingenieros y geólogos de postura ideológica férrea que insistían en que las reglas del comunismo podían desafiar a las leyes de la naturaleza: ‘las bombas atómicas soviéticas podían utilizarse para revertir el curso de los principales ríos...’. La aceptación por parte de Hitler de una “ciencia” racial demencial hizo que el mundo cayera en la oscuridad y derivó, casi inexorablemente, en el Holocausto. La misma atracción hacia la pseudociencia alimentada por la paranoia muchas veces motiva a los autoritarios a respaldar las teorías conspirativas. Erdogan, convencido de que fuerzas externas complotan incansablemente contra su régimen, cree que estas fuerzas malevolentes suelen actuar a través de los mercados financieros que ahora parecen estar exigiendo tasas de interés más altas. Pero el más susceptible a la ciencia descabellada y a las teorías conspirativas necias es el presidente Donald Trump, quien se abrió camino en la política estadounidense promoviendo el argumento racista “birther”. En varias ocasiones, Trump ha tuiteado sobre un potencial vínculo entre las vacunas y el autismo. También niega cualquier vínculo entre la actividad humana y el cambio climático, rechazando una vez más el abrumador consenso científico. Trump insiste, además, en que los déficits comerciales son una señal de debilidad económica de EE. UU. Y parece estar convencido de que el FBI y los medios conspiran para hacer caer su presidencia. En este sentido, tal vez un estilo paranoico compartido es lo que atrae a Trump al presidente ruso, Vladimir Putin, quien continuamente ha dicho que el mundo conspira para privar a Rusia de la condición de gran potencia que merece. “El mundo es así”, como dijo V. S. Naipaul en su novela Una curva en el río: “Quienes no son nada, o han decidido no ser nada, no tienen ningún sitio en él”. Lo mismo puede decirse de los líderes autoritarios.

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