Cambalache

A pocos años de haberse iniciado el siglo pasado, un viejo tango cuyo título copio, denunciaba que nuestro mundo era una porquería y, algo peor, que “los inmorales nos han igualado”. Estoy por creer que si hoy volviera a escribirlo, el compositor aseveraría que los inmorales nos han superado o están por lograrlo. La rampante corrupción en Latinoamérica y en nuestro país tiene visos de estructural y es menester señalar que tomó especial impulso con el advenimiento de esa falsa corriente revolucionaria, vendedora de utopías, denominada Socialismo del Siglo XXI y que en Ecuador ha dado en llamarse ampulosamente revolución ciudadana. Sus discursos son líricos pero ajenos a nuestra condición humana. Se beneficiaron de su éxito electoral dolosos y demagogos líderes que luego de encaramarse al poder dieron rienda suelta a sus ambiciones particulares y grupales. Su comportamiento fue de seres petulantes, sectarios, envanecidos con su particular verdad, ajenos a todo cuanto no se someta a sus dictados supuestamente progresistas. Se distanciaron tanto de nosotros que pasaron a ser “ellos” , gobernando a su antojo, buscando destruir a quienes creían rivales, descalificando por doquier y promoviendo la lucha de clases y el odio entre hermanos como fórmula para mantenerse en el poder. Proletarios y desposeídos fueron embaucados diciéndoles que ejercerían el poder soberano, mientras las demás clases fueron blanco de sus denuestos y vituperios, olvidando voluntariamente lo que todos los gobiernos de la izquierda marxista también olvidaron: que es deber de todo gobernante promover las oportunidades de vida de sus asociados y no alimentar el odio entre ellos para beneficio propio. Recordaron sí, escudar sus errores y trapacerías tras dogmas ideológicos y no cesaron de ofrecer milagros al segmento ignorante de la población. La experiencia nos costó cara, la revolución ciudadana ecuatoriana, como todas las de su tipo, fue un fracaso por su carencia de idoneidad y de escrúpulos.

Una década corrupta debía tener como obligados responsables a quienes gobernaron esa década y la promesa de Moreno de luchar con cirugía mayor y “hasta el final” contra ella, suponía en estricta lógica que muchos de sus compañeritos revolucionarios debían caer. Solo un estúpido espíritu de cuerpo o la tácita admisión de complicidad, podían llevar a ciertos aliancistas a renegar de Moreno y de sus afanes esclarecedores. Para suerte de Moreno, hay quienes confían en sus ejecutorias y en una singular estrategia que acabará dando paulatinamente resultados moralizadores. La corrupción de toda una década es innegable y nadie la pone en duda, siendo cuestión de tiempo que sus autores y encubridores sean identificados y castigados. Un castigo del que tampoco podrían librarse aquellos empresarios que han inflado exorbitantemente sus gastos para evadir el impuesto a la renta y reducir sus utilidades defraudando a sus propios servidores.

Debió ser frustrante para un presidente animado de buena fe, escuchar las predicciones de desastre por la ineptitud de su frente económico. Su rectificación se imponía y si todo lo denunciado es veraz, sí que vivimos en un mundo puerco en el que la ofrecida cirugía mayor contra la corrupción y la ineptitud debe materializarse.

Mantener a su lado a quienes debían ser despedidos o enjuiciados, no parecía ser propio de cirugía alguna y el peligro de gangrenar era evidente. Virtual cambalache.