Caballo de Troya

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Caballo de Troya

Otra perla de los mitos griegos: Troya. Era una ciudad amurallada, reinada por Príamo. Su hijo Paris viajó a Esparta y conoció a la bella Helena, casada con el rey Menelao. Se enamoró de ella y la raptó. Para recuperar a Helena, Menelao y una alianza griega declararon la guerra a Troya y la asediaron por diez años sin vencerla. Al borde de la desesperación, los griegos, que acababan de perder a Aquiles, construyeron un caballo de madera, donde grabaron la frase: “Con la agradecida esperanza de un retorno seguro a sus casas después de una ausencia de nueve años, los griegos dedican esta ofrenda a Atenea”. En su interior se escondían sus mejores arqueros, los demás griegos simularon su retorno a Grecia y se escondieron en una isla cercana. Los troyanos lo vieron como una señal de reconocimiento de derrota y luego de la fiesta de la victoria, al dormir todos, los soldados escondidos salieron a abrir las puertas de la ciudad a las tropas que ya habían retornado. Así fue cómo el rey Ulises le dio la victoria a los griegos.

Con horror, los ecuatorianos no terminamos de asombrarnos de que más de cien menores hayan sido víctimas de abusos sexuales, en un colegio público de Guayaquil. Según las cifras oficiales, entre 2014 y 2017 se reportaron casi novecientos casos de acoso y vulneración de la integridad sexual de menores, de los cuales el 65 % fueron cometidos por personal interno. Si bien es plausible que las autoridades hayan actuado con celeridad y que tres de los cuatro agresores hayan sido apresados -y más allá de felicitar al presidente Moreno por incluir en la consulta popular que prepara una pregunta que busca eliminar la prescripción de estos delitos-, nos angustia saber que las escuelas fiscales no tengan sistemas de evaluación psicológica para el personal docente que está a cargo de la educación de nuestros niños y jóvenes.

Pues así, la “gratuidad” y la “calidad” del sistema educativo fiscal, se transforman en un nuevo Caballo de Troya, que franquea las defensas de la ética y destruye la integridad misma de la base social: la familia. Por Dios, ¡cuántas vidas afectadas!