Biles, de plebeya a princesa de oro

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Biles, de plebeya a princesa de oro

Cuando era pequeña, Simone Biles pensaba que todos los niños eran adoptados. A ella la habían acogido sus abuelos, a los tres años, después de que los servicios sociales la apartaron de su madre drogadicta y su padre alcohólico.

Figura. Biles selló el martes pasado su actuación en Río 2016 con su 4° oro, al vencer en la final de suelo.

Cuando era pequeña, Simone Biles pensaba que todos los niños eran adoptados. A ella la habían acogido sus abuelos, a los tres años, después de que los servicios sociales la apartaron de su madre drogadicta y su padre alcohólico. De ahí que ella le respondió a la vida comiéndosela a saltos hasta convertirse en la mejor gimnasta del mundo.

Cinco medallas en Río: cuatro oros (en el concurso general, por equipos, en salto y en suelo) y un bronce (en la viga de equilibrio) la convierten, con apenas 19 años, en la mejor deportista de su rama, que igualó ya el récord de otras cuatro gimnastas legendarias, aunque sin superarlo, como era su ambición antes de llegar.

Su vida no es el guion de una película de Hollywood, pero bien podría serlo. Sin padres, a los seis años pisó de casualidad un gimnasio donde empezó a construir una carrera que la ha llevado hoy a brillar en sus primeros Juegos Olímpicos, tras obtener el récord de títulos mundiales (10).

A los 15 años Biles dejó la escuela pública y continuó en casa sus estudios de bachillerato, para dedicar así más tiempo a la gimnasia. Se graduó en 2015, siendo ya doble campeona mundial.

“Cuando era más pequeña me preguntaba qué habría sido de mi vida si no hubiese pasado nada de esto. A veces todavía me pregunto si (su madre) se arrepiente y querría haber hecho las cosas de manera diferente, pero evito plantearme estas preguntas porque no las tengo que responder yo”, afirmó a la revista Time.

En los 1,45 metros de puro músculo de la norteamericana sigue habiendo una señorita como todas, amante de los peluches y del actor Zac Efron. Aun así ya tiene reto: aguantar un nuevo ciclo y convertirse en la tercera mujer en la historia que revalida el oro olímpico, algo que no consiguió ni siquiera Nadia Comaneci, campeona en 1976 y subcampeona en 1980.