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Ascension: mayoria de edad

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Es una fiesta de luz, de gozo, tal y como Lucas nos la “cuenta”. Porque, de todos los escritores del N. Testamento, Lucas es el único que “narra” el tránsito de Jesús hacia una “otra” dimensión . Y lo hace en sus dos libros. Finaliza el evangelio así: “mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.” Y en el libro de los Hechos: “Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (1,9). De los otros textos, solo en Marcos (16,19) se alude al tema, pero sabido es que este capítulo 19 es un añadido, procedente de la tradición de Lucas.

En el fragmento de la liturgia de hoy (Lc 24, 46-53), los dos discípulos que comieron con Jesús en Emaús regresan a Jerusalén a contar su entrañable experiencia pascual. “Estaban hablando de eso cuando se presentó Jesús en medio de ellos...” Vuelve a explicarles que tenía que padecer y resucitar y que, “en su nombre, se predicaría el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Les voy a enviar lo que el Padre prometió; no se muevan de la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene desde el cielo”.

Lucas está pensando en Pentecostés, esa tromba de fuego y palabra que contará en Hechos. “Los llevó hacia Betania y, alzando las manos, los bendijo y, mientras los bendecía, se fue separando de ellos y fue llevado al cielo”. No al cielo como un sitio. Al cielo como el modo de ser del Dios invisible, al cielo cálido del Padre, al cielo en que nos preparará nuestra habitación a todos.

Es como decirles-decirnos: se terminó la catequesis para la primera comunión. Van a ser confirmados en el Espíritu. Mis amigos: se acabó el tiempo en que necesitaban que los lleve de la mano. Son mayores de edad, son mi relevo. El Padre quiere que mi voz resuene allí donde ahora nadie sabe siquiera si hay sonrisas y ustedes serán emisores y antenas. A mí no volverán a verme como hasta ahora, pero sepan que vivo y viviré en sus comunidades. Por eso, cuando se reúnan a comer juntos, háganme un sitio en la mesa y en su corazón y no cierren nunca las puertas a quien tenga hambre.

Durante mucho tiempo, en la Iglesia se celebraron juntas la resurrección y la “ascensión”, porque no tiene mucho sentido pensar a Jesús resucitado “haciendo tiempo” para “subir al Padre”, que los brazos del Padre lo estaban esperando desde que dejó de respirar en la cruz. Luego, la lectura que hace Lucas en su segundo libro se impone en la organización de la liturgia: “después de su pasión se les había presentado vivo durante cuarenta días”. Así aparece “la ascensión” como algo sucedido entre la resurrección y Pentecostés.

Que nadie piense que Lucas simplemente escribió así “porque le gustó más”. Él, escritor fino a más de evangelista, sabe muy bien cómo abrir y cerrar sus textos. Si Jesús había “bajado del cielo” en Belén, al cielo debía “subir”. Y, el creyente que él era, tenía conciencia de que, ya en su tiempo, había que olvidarse de un “fin de los tiempos” inmediato y que comenzaba la larga hora de la Iglesia. La hora de todos quienes, con el temblor del Espíritu en el alma, intentamos un mundo que huela a Reino. Buenos días.

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