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Los asaltantes apuntan mas alto

Amanece encharcado en sudor. Su corazón galopa. Ni la contratación de un escolta ni la terapia han librado a ‘Eduardo’ de las pesadillas que lo acorralan de madrugada, cuando se abraza a la almohada y ruega a Dios que le deje dormir en paz.

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Amanece encharcado en sudor. Su corazón galopa. Ni la contratación de un escolta ni la terapia han librado a ‘Eduardo’ de las pesadillas que lo acorralan de madrugada, cuando se abraza a la almohada y ruega a Dios que le deje dormir en paz. El subconsciente le ha condenado a revivir, una y otra vez, el secuestro exprés que sufrió hace dos meses. “Regreso al interior de mi auto, siento los quiños y el miedo a morir sin despedirme de mi hijo y mi esposa...”, relata turbado a EXPRESO.

Aquella noche de diciembre se había reunido con empresarios de su gremio en un céntrico local guayaquileño. La cena se alargó hasta las 02:00.

De camino al parqueadero, pensó que quizás fuese demasiado tarde para atravesar la ciudad a bordo de su distinguido auto europeo. Pero confió en la suerte y encendió el motor.

A pocos metros de una emblemática arteria que prefiere no citar, detuvo la marcha y cedió el paso a dos jóvenes de copiosa delantera y tacos indomables. Paseaban altivas, como amazonas urbanas en busca de guerra. Una le sonrió pícara. Y él siguió sus pasos en la distancia, imaginando si veinte años atrás hubiera sido capaz de seducirla: “Permanecí así unos diez segundos”.

Para cuando metió la primera, dos encapuchados se habían subido a su carro y le habían asestado un cachazo en el cráneo y varios puñetes en el mentón y la nariz. La sangre que zigzagueaba por su frente le ayudó a camuflar las lágrimas.

“Me ordenaron ir a un cajero, sacar el máximo de mis tarjetas y manejar hasta la casa. Sabían que en mi cuarto guardaba más de 5.000 dólares y algunas joyas. Así que en silencio, sin despertar a mi mujer, cogí mi reloj, una cadena de oro y un anillo de brillantes. Perdí unos 10.000, pero no se llevaron el carro. Eso me sorprendió”, rememora.

Su caso no figura en las estadísticas facilitadas por la Fiscalía de Guayas a este Diario. Como tantos otros, no se atrevió a denunciar el ultraje. Pero su silencio no altera la realidad que azota al Puerto Principal: los secuestros exprés se han disparado.

En 2016, el Ministerio Público contabilizó 94, más del doble que los 40 del año anterior. El incremento, por tanto, fue del 135 %. Y como ya sucediera en 2015, el Puerto Principal copó el grueso de los acaecidos en la provincia.

Su auge vino acompañado de un descenso de los robos y hurtos, cifrado en un 24,5 % y un 19,2 % respectivamente (4.265 contra 5.284 y 18.175 frente a 24.095). Para los especialistas, esta aparente paradoja tiene una sencilla explicación: los esfuerzos de la Policía Nacional por contener los delitos comunes han empujado a los criminales a adentrarse en otros negocios, que conllevan una mayor organización, infraestructura y especialización. Y el secuestro exprés, cuyo apogeo parecía cosa del pasado, es la modalidad que más se les asemeja. Por eso forman bandas que les permiten elegir mejor a sus objetivos y obtener generosos botines con menos golpes.

“En su día, este ilícito tuvo un pico y se redujo. Son las mismas personas, como un círculo vicioso”, apunta Errol Elizalde, fiscal de la Unidad 10 de Soluciones Rápidas.

Durante su estancia en la Unidad de Patrimonio Ciudadano, Elizalde dirigió las pesquisas que sirvieron para desarticular unas doce organizaciones dedicadas a este método extorsivo. Incluso conoció a un empresario que debió pagar 600.000 dólares a un grupo con decenas de atentados en su haber. “Pueden vigilarte en el momento, cuando sacas plata de un banco, o rastrearte para averiguar dónde vives, qué seguridad posees, si tienes familia...”, resalta.

“El peligro ahora es mayor. Porque el hampa intenta modernizarse y perfeccionarse. El robo y el hurto se han tecnificado”, remarca Franklin Gallegos, experto en seguridad privada y director de Invescol.

La evolución de los malhechores abarca tanto al ámbito tecnológico, con la adquisición de numerosos celulares “para que no los localicen”, como al campo de la observación. Y suelen contar con colaboradores en círculos cercanos a las víctimas. “Siempre trabajan con información, a menudo procedente de infiltrados en las empresas. Así operan con mayor precisión”, apostilla su colega John Garaycoa, máximo responsable de Mac Security.

Ese es el temor que atenaza a ‘Eduardo’. Sospecha que alguno de sus empleados dio el soplo, que vigila sus desplazamientos y operaciones financieras: “¿Quién les dijo dónde escondía la plata? Ya no tengo ni idea de en qué punto termina la realidad y empieza la mera paranoia”.

Pero también hay otros factores que pudieron alimentar el fenómeno constatado el año pasado. Porque los delincuentes tienden a retomar esta clase de prácticas cuando intuyen “que la ciudadanía ha bajado la guardia”. Y, al mismo tiempo, es posible que alguna “banda nueva”, procedente de Colombia o Perú, haya aterrizado en Guayaquil, presiente Garaycoa.

Ninguno de estos dos especialistas privados ha detectado que la contratación de guardaespaldas esté creciendo al mismo ritmo que los secuestros, quizás porque los datos no habían visto la luz hasta hoy. “Conocer las cifras es fundamental para que la gente esté alerta y trabaje en su prevención”, atestigua el director de Mac Security.

Por desgracia, ni los escoltas garantizan la inmunidad. De hecho, Gallegos atisba cierta “falta de capacitación” en algunos: “Hay quienes viajan en el mismo carro que el empresario, cuando deberían ir en un auto guía. Si se produce un ataque, son igual de vulnerables. Pero eso cuesta más dinero”.

La vinculación con el fértil negocio de las drogas

Aunque John Garaycoa opina que los secuestradores exprés no tienden a adentrarse en el expendio de estupefacientes, el fiscal Errol Elizalde pone de ejemplo un caso que padeció en primera persona para describir cómo muchos criminales optan por el pluriempleo. Él sufrió un asalto a punta de pistola en un cangrejal. Y cuando la Policía Nacional detuvo al responsable, descubrió que este “controlaba el microtráfico en ciertos sectores y actuaba como sacapintas y sicario a sueldo” de ‘dealers’. Incluso había disparado a una agente.

“Estas personas avezadas son ya muy conocidas dentro de su mundo. Sí tienen relación (con la venta de sustancias ilegales)”, sostiene convencido.

Franklin Gallegos secunda su hipótesis. Cree que aprovechan sus acciones para invertir el dinero en narcóticos y acrecentar las ganancias: “La droga influye en el aumento de estos delitos. Está presente en toda la ciudad. Por eso vemos tantas muertes. Hay asaltantes que operan bajo sus efectos y tienen una estrecha vinculación con expendedores”.

Grandes dificultades para desarticular estos grupos

Las investigaciones encaminadas a desmembrar estas bandas están llenas de obstáculos. Por un lado, los secuestradores se esmeran en impedir el contacto visual con las víctimas, lo que dificulta en gran medida su posterior reconocimiento facial, advierte el fiscal Errol Elizalde.

Al mismo tiempo, una parte de los afectados, que nadie se atreve a cuantificar, “no presenta denuncia” por miedo a represalias y prefiere ceder a las pretensiones de los criminales, con la esperanza de que no vuelvan a llamar a su puerta. Por eso es fundamental ‘pescarlos’ “en delito flagrante”, cuando portan los bienes que acaban de sustraer o algún arma de fuego que los delate.

Pero además hay una tercera variable que enmaraña la labor del Ministerio Público: la gran cantidad de causas tramitadas por los funcionarios judiciales. Hay años en que cada uno puede dar curso a unas mil. “Con esas cifras y el número (actual) de fiscales, no es sencillo. Y si no posees una identificación, aún menos”, certifica Elizalde.

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