Actualidad
El arte de comunicar

Un elemento crítico de toda buena política pública es la comunicación. Más allá de lo que los expertos en la materia digan, personalmente considero que más que una ciencia, la comunicación efectiva es un arte muy fino y perspicaz que permite no solo transmitir las ideas con claridad, sino hacerlo de manera que se gana, o por lo menos no se pierde, la credibilidad.
No es lo que está ocurriendo en estos días en la conducción económica de un país que anda sin rumbo cierto y sin liderazgo.
Acabó de ser removido el director del INEC por haber reportado que la destrucción de empleo, y no la creación de puestos de trabajo, es la tendencia dominante en la economía. Ni bien salió el reporte, el ministro de Trabajo se sintió personalmente aludido y contradijo con sus registros los hallazgos del regente de las estadísticas públicas. No sé cuánto de estadísticas o de mercados laborales sepa el ministro, pero argumentar que la situación está boyante equivale a interpretar las evidencias al revés, y nadie se come ese cuento. El ministro, heredero de una noble estirpe política, ha fallado en sus argumentos. Al ahora exdirector de estadísticas de nada le sirvieron sus farragosos argumentos tratando de interpretar felizmente sus alarmantes cifras. Por su actitud, le tocó salir por la ventana, demostrando sumisión, en vez de por la puerta grande, por donde sale la gente que tiene credibilidad.
El ministro de Finanzas, curiosamente, ha demostrado también ser un mal comunicador, aunque a la luz de la poca evidencia existente parece que a ratos es mejor que opte por la regla del silencio. En mi opinión, la remisión de impuestos se origina en la disfuncionalidad del régimen tributario, pero mal está que el ministro muestre indignación porque, según él, le dan un regalo cada vez que llena el tanque de gasolina, pero no existe tal rechazo frente a la amnistía tributaria que, curiosamente, tiene un costo de oportunidad de similar magnitud al desfase de caja que la comercialización de los combustibles le produce al Estado. Tal línea de argumentación, al igual que decir que no piensa ir al FMI (¿será porque no tiene programa macroeconómico alguno?) erosiona la credibilidad e ignora el tema fundamental y de fondo: el desquiciado y desbocado gasto público de consumo que continúa dominando y determinando el panorama económico nacional. Es hora de que el Estado piense en salir del negocio de los combustibles y dedique sus dineros a mejores tareas. Es también hora de que desmantele el disfuncional régimen tributario que acompaña a un “subsidio” que se financia con deuda externa, que expende combustibles de pésima calidad a precios casi internacionales, que distorsiona el sistema interno de precios y provoca masivas transferencias de ingresos a quienes arman latas internamente, pasándole un “cuentómetro” a los ecuatorianos.
Este Gobierno se ganó su credibilidad increpando al correato y a su capo principal. Sin embargo, después de más de un año de gestión, no consigue hallar una brújula que le indique certeramente el norte a seguir. Entretanto, se está gastando aceleradamente el capital con conductas y actitudes, falto de inspiración de sus personeros.