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Las alianzas de Washington

El pasado martes 27 de diciembre, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, visitó junto al presidente Barack Obama, el memorial del USS Arizona. Este fue construido a principios de los años 60 en la base naval de Pearl Harbor, en el archipiélago de Hawai, en homenaje a los 1.177 estadounidenses que murieron cuando el acorazado fue abatido por la aviación nipona, en el ataque relámpago a Pearl Harbor, que provocó más de 2.400 muertos y que precipitó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Al día siguiente del ataque, el Congreso de EE. UU. declaró la guerra a Japón oficialmente, y tres días más tarde, Alemania declaró la guerra a EE. UU. En los años siguientes, Washington encarceló a cerca de 120.000 estadounidenses de origen japonés en campos de internación, antes de lanzar bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, que prácticamente acabaron con las dos ciudades japonesas y causaron problemas de contaminación radiológica que afectó a generaciones de sus descendientes.

Durante la visita, el primer ministro japonés dijo en su oración: “Ofrezco mis sinceras y eternas condolencias a las almas de aquellos que murieron aquí, así como a los espíritus de los valientes hombres y mujeres cuyas vidas se tomó una guerra que empezó en este lugar, como también a las almas de los incontables inocentes que se convirtieron en víctimas de la guerra”. Asimismo, instó en su discurso a “resistir la urgencia de demonizar” al que es diferente, incluso cuando el “odio es lo que más quema”. Obama había exaltado los frutos de la reconciliación entre la potencia asiática y la norteamericana cuando hace siete meses atrás tuvo el coraje moral de visitar Nagasaki. Tras el discurso de Abe, Obama afirmó que la alianza con Japón “nunca ha sido más fuerte” que ahora, al punto de enfatizar que “ha ayudado a apuntalar un orden internacional que ha evitado otra guerra mundial”. Washington parece seguir creyendo en su hegemónico liderazgo de potencia nuclear como el “destino manifiesto” de la historia y el mundo contemporáneo. Pero el mundo cambió hace rato. Las necesidades de paz y equidad social son mucho más complejas que las simplistas y bárbaras soluciones guerreras.

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