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Alfredo Enderica Negrete

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“...Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé...”, dijo César Vallejo, poeta peruano y nuestro, para unir la pena por la vida con la ausencia forzada de la muerte. La falta de un amigo, cuando el nido en que acunó la amistad se convierte en resumen de experiencias, es una dimensión que no perece y a la que por no caer en la tentación de las lágrimas la denominamos recuerdo.

Hace un año se marchó Alfredo, y la silla esquinera de esa mesa sabatina en la que compartimos charlas insulsas e interesantes, alusiones loables y de las otras, chismes, y el montón de ficciones que con los años se han convertido en certezas, quedó vacía. Su figura permanece, y el tratamiento del tema en discusión reserva siempre un espacio para imaginar lo que él habría dicho. Si la exigencia de la conclusión dejaba un margen notorio entre la realidad y la suposición, la fuerza de su remate era de tal contundencia que no dejaba oportunidad para la respuesta ni para la duda expresa. Cuando eso ocurría, la convicción de que no había alternativa se trocaba en risa. Su compañía era infaltable, la alegría de su retórica contagiaba, y las preocupaciones de los incontables años de cada uno cedían para dejarse llevar por la convicción de que a los problemas se los debe combatir con el olvido.

El antiguo y permanente calor humano con que me regaló Guayaquil tuvo, desde hace muchos años, el alimento de una identidad que se ha forjado en la memoria hablada de los seres que la habitan. Y Alfredo, a más de ser uno de los más significativos de aquellos, fue un gozoso instrumento para penetrar en los resquicios de los ancestros porteños, las costumbres, la cotidianidad del barrio, la singularidad de su pasillo con marcada influencia de la zamacueca y la marinera, la riqueza comunicativa de un lenguaje que se enriqueció por el contacto “cincuentero” del bolero, el culto nochero de la radionovela, el requiebro del mambo, la nostalgia tanguera y el inigualable cotilleo de los hermanos Vela Rendón.

Con Alfredo se nos fue un pedazo de Guayaquil.

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