Alberto Hurtado, un santo

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Alberto Hurtado, un santo

Nació en Chile en el año 1901. Veintidós años después se graduó de abogado, no asistió a su ceremonia de incorporación porque había decidido convertirse en sacerdote jesuita y mientras más rápido entrara a la Compañía de Jesús, mejor para él.

Su vida como estudiante de derecho, profesor de colegio y de universidad, se caracterizó por acercar a la Iglesia a los jóvenes; y su preferencia por y para los pobres lo hizo objeto de señalamientos políticos; le decían que era un cura comunista.

Alberto Hurtado, uno de los santos contemporáneos, se destacó en ambientes académicos, medios de comunicación, asociaciones gremiales, y creo que empezó a descubrir su vocación en medio de las condiciones deplorables en que trabajaban las costureras. También creo que la política chilena de ese entonces lo hubiera acogido exitosamente como figura transformadora de ciertas reglas. Sin embargo, decidió hacerse sacerdote, con todos los votos que eso significa. Decidió sumergirse en la vida de los más pobres, donde no importa si eres un buen abogado o político, donde solo importa acompañar, en esa realidad pobre, que pocos entendemos, al otro, al distinto.

Siempre me pregunto qué fue lo que hizo que Alberto Hurtado elija el sacerdocio y fundar Hogar de Cristo, si podía servir a la sociedad con su prometedora vida profesional. Me sigo preguntando qué fue ese “click” que logró que Alberto elija un camino desconocido: ayudar, de entre los pobres, a los más pobres. Cuando veo “¿Quién sabe cuánto cuesta hacer un ojal’” , película de la vida del santo, me llama la atención cuánto esfuerzo hace por “conocer la voluntad de Dios”. Es como si no le interesara nada más que eso. Piensa, ora, comparte con las mujeres costureras quienes, con su testimonio, lo ayudan a su tesis de abogado. Es como si no le llamara la atención hacerse famoso denunciando las injusticias sino que prefiere repararlas.

Creo que así se fue haciendo santo, zafándose de la vanidad peligrosa de sentirse bueno y eligiendo hundirse en la certeza de que Dios lo ama por sobre todas las cosas.

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