Acosos y despojos

  Actualidad

Acosos y despojos

Aunque deberíamos estar curados de espanto, los escándalos superlativos en cuanto a una corrupción que se ha manifestado en el manejo de fondos públicos y en la seducción de menores, lo cierto es que las cifras que nos presentan al respecto son más que alarmantes y dignas de ser registradas en el libro de récords de Guinness. ¿Es que hemos vivido en estos últimos años, sin percatarnos o por lo menos sin sospecharlo, dentro del más grande despojo de los fondos estatales y de una permanente seducción de niños y adolescentes (miles según los datos que nos han proporcionado los medios de comunicación), igualando o superando los malos ejemplos que nos dieron los curas pedófilos que, por cientos, llegaron a ese pecado tal vez por culpa del celibato a que los somete la reglamentación eclesiástica.

El presidente Lenín Moreno, que incluso ha llegado a sugerir responsabilidades en los más altos niveles del poder del régimen que lo precedió, de su propio partido, ha dado a conocer unas cifras, sobre todo en el manejo del subterráneo producto que muchos han calificado como el “oro del diablo” -por su poder de seducción entre quienes manejan su negociación nacional e internacional-, que las cantidades de coimas y sobornos que presenta el “affaire” de Odebrecht, tan a la moda, resultan insignificantes (son solamente “decenas de... melones”) frente a los miles de millones que han desaparecido misteriosamente por el rubro hidrocarburífero.

El dictador mexicano Porfirio Díaz, que gobernó su país por algunos años con mano férrea, solía decir, en una mezcla de cinismo y humor negro: “Ninguno de mis generales soporta un cañonazo de un millón de dólares” (lo que traducido al valor actual de la moneda gringa obligaría a una multiplicación de varios dígitos). Y otro dictador de la misma calaña, el venezolano Juan Vicente Gómez, que inauguró la era “dorada” en uno de los países con más recursos petroleros en el mundo, permitió la corrupción con la riqueza subterránea para que lo dejen gobernar hasta su muerte. El recuerdo de estas figuras dictatoriales nos permite ratificar el viejo aforismo que indica que “en todos los países se cuecen las mismas habas”.