George Jackson: 55 años de la muerte del Pantera Negra que expuso violencia de cárceles de EE.UU.
Su realidades la misma que siguen viviendo millones de jóvenes actualmente en Latinoameríca: pobreza, racismo, criminalidad y desatención del Estado

George Jackson (derecha), Fleeta Drumgo (centro) y John W. Cluchette (izquierda), conocidos como Hermanos de Soledad, cuyo caso expuso la violencia del sistema penitenciario estadounidense.
A pesar de la distancia en tiempo y espacio, la historia de George Jackson podría ser la de cualquiera de los jóvenes en situación precaria de nuestra Latinoamérica actual.
Es decir, crecer sin oportunidades, bajo el azote del racismo, la pobreza y la violencia. Bajo el control de un Estado que solo se hace presente para castigar, pero no para atender ni dar posibilidades, y que fabrica criminales a los que luego condena al encierro y la muerte.
Nacido en Chicago, Illinois, EE.UU., en 1941, Jackson podría haberse perdido en el anonimato al que se ven confinados millones de jóvenes afrodescendientes. Tenía 18 años cuando fue acusado del robo de $70 en una gasolinera, lo que le valió una sentencia a prisión entre un año y cadena perpetua en el ‘país de las oportunidades’.
Pero el encierro no lo envileció. Al contrario, allí conoció los textos de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, además de tratados de economía e ideas militares. Se unió a las Panteras Negras y se volvió un activista intramuros, ayudando a propagar ideas emancipadoras entre los reclusos, que además debían soportar la violencia policial y los ataques de los reclusos blancos.
“Nuestra intención era transformar la mentalidad criminal negra en una mentalidad revolucionaria negra”, sostenía el propio Jackson.
Su epistolario, un testamento
Su vida y pensamiento han llegado a nosotros gracias a su correspondencia con la familia, amigos y compañeros. Las cartas vieron la luz en formato libro cuando su nombre adquirió notoriedad, al verse implicado en 1970 en el asesinato de un policía en la prisión de Soledad, junto con los reclusos Fleeta Drumgo y John Clutchette, también de las Panteras. A partir de allí, a los tres se los conoció como los Hermanos de Soledad.
Sus textos contienen reflexiones punzantes sobre el capitalismo y la prepotencia del poder, en un momento en el que EE.UU. se tambaleaba con las rebeliones de la población afro y las protestas contra la guerra de Vietnam.
Con su elocuencia dio voz a una población marginada que no tenía medios para contar lo que vivía en el cruel sistema económico, judicial y penitenciario estadounidense, realidad que era ocultada bajo montañas de retórica vacía.
A sus padres les escribe mensajes cargados de amor, pero también de reproches. “Solo tomo la pluma cuando los sentimientos me mueven a hacerlo; pero mis sentimientos no parecen tocarte (…) Si siguiera sus consejos, no lograría otra cosa que esclavizarme más a la locura de nuestros tiempos”, le recrimina a su mamá, Georgia, en febrero de 1965.

Carátula de la versión en inglés de su epistolario 'Cartas de prisión', publicado poco antes de su muerte en la prisión de la cárcel de San Quintín.
“El mismo sistema que ha convertido tu vida en miserable, el mismo sistema que ha quitado sentido a tu vida, me amenaza a mí y a toda mi descendencia”, le increpa a su papá, Robert Lester, en julio de 1965.
También se carteaba con la abogada defensora Fay Stender, a quien le escribía pequeños miniensayos de economía y sociología. Por ejemplo: “Al tener lugar la revolución industrial europea, la antigua esclavitud fue reemplazada por la neoesclavitud. El capitalismo, la ‘libre’ empresa, la propiedad privada de los bienes públicos armó y lanzó a los navíos y alimentó a las tropas; debe quedar claro que fue el afán de lucro lo único que los inspiraba”.
Y contra el capitalismo: “¿No construyó un hospital y al mismo tiempo un prostíbulo? Por cada iglesia, ¿no levantó una prisión? Por cada descubrimiento médico, ¿no produjo por lo menos diez nuevos agentes biológicos de guerra?”.
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Una retórica dulcificada por el amor
En el tramo final de su epistolario, destaca el lirismo de la correspondencia con mujeres que se sumaron a su causa cuando su caso se volvió público, como la política feminista Angela Davis o miembros del Comité de Apoyo a los Hermanos de Soledad, formado en San Francisco con el impulso de la abogada Fay Stender. Ellas se vuelven sus amigas, confidentes e incluso sus amores platónicos.
En su intercambio de mensajes con Angela Davis tienen cabida ideas radicales como “La dialéctica, la comprensión, el amor, y la resistencia pasiva no funcionan con un cerdo (policía) activista, maniático y sanguinario”; pero también expresiones de profundo cariño como “Pienso en ti todo el tiempo. Me gusta pensar en ti, me da ocasión para algunas de mis primeras y pocas, verdaderas y profundamente sentidas sonrisas de oreja a oreja”.

Foto de la activista y catedrática Angela Davis, de la época en que se carteaba con George Jackson, implicada en el crimen cometido por el hermano de Jackson.
A la activista Z, letra bajo la cual se oculta el nombre de una integrante del Comité de Apoyo: “Sé lo que quieres decir acerca de la belleza, los rasgos agradables que permanecen en nosotros a través de la vida; no he visto muchos personalmente, pero sé que existen: de otra manera, tú no existirías”.
O a Joan, también del Comité: “Observé tu marca en el libro -te amo- por varias significativas razones -sentimientos; principalmente por comprensión. Es irónico que no hayamos podido vivir juntos estos años que han pasado”.
El 21 de agosto de 1971, un mes antes de cumplir 30 años, George murió en un intento de fuga de San Quintín. Los otros dos Hermanos de Soledad, Clutchette y Drumgo, fueron exculpados por un jurado de San Francisco de sus cargos en marzo de 1972.
Después de su muerte, el cantautor Bob Dylan le compuso una canción a la que tituló con su nombre, que publicó como sencillo el 12 de noviembre de 1971, con la discográfica Columbia Records.
Los Hermanos de Soledad
El caso que involucró a George Jackson, John Clutchette y Fleeta Drumgo había ocurrido el 13 de enero de 1970. Ese día en el ala O de la Prisión de Soledad fue inaugurado un nuevo patio de ejercicios. Después de algunas semanas de segregación, se autorizó a siete reos afroamericanos que lo compartan con diez prisioneros blancos. Mientras, instalado desde una atalaya con su arma, un guardia era testigo de todo.
Considerando la tensión existente, ocurrió lo previsible: se iniciaron las hostilidades, ante lo cual el guardia empezó a disparar, asesinando a tres prisioneros afro.
Los reclusos negros reaccionaron con protestas, a las que se unieron los latinos e incluso algunos blancos, lo que generó una investigación y un proceso penal. Tres días después de la masacre, el guardia asesino fue declarado inocente. Veredicto: homicidio justificado.
Tan solo media hora después de que la decisión fue difundida en la radio de la prisión, un guardia blanco apareció muerto en el ala Y, donde estaba prisionero Jackson. Días más tarde, él y los internos John Clutchette y Fleeta Drumgo fueron formalmente acusados de homicidio.

Portada de la versión en inglés de su segundo libro, que vio la luz después de su muerte. En sus páginas, Jackson aboga por la violencia armada para reivindicar los derechos de la población afro.
Gracias a una carta que Clutchette hizo llegar a su madre, el caso llegó a los medios de comunicación, lo que expuso las denigrantes condiciones de vida en las prisiones estadounidenses.
La abogada Fay Stender empezó a representar a Jackson, mientras su colega John Thorne aceptó la defensa de Drumgo y Clutchette. Por primera vez, su caso fue atendido legalmente. A su vez, en Los Ángeles y San Francisco se crearon comisiones de apoyo.
Los defensores de los derechos civiles asumieron como propio el caso de los Hermanos de Soledad, que tuvo un desenlace fatal para George Jackson.
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Jonathan Jackson, el “verdadero revolucionario”
El libro ‘Soledad Brother: Cartas de prisión’ está dedicado a su hermano menor, Jonathan Peter Jackson, a quien califica como “el verdadero revolucionario , el guerrillero comunista negro en el más alto estado de desarrollo, soldado del pueblo”.
El 7 de agosto de 1970, Jonathan, de 17 años, se dirigió hasta un tribunal de San Rafael, donde se juzgaba el caso de W. L. Nolen, prisionero de San Quintín.
En el juzgado, sacó una carabina y gritó: “Ya es suficiente, señores. Ahora soy yo quien decide”. Además, les dio armas al acusado y a dos testigos, también reclusos. Y entre los cuatro tomaron cinco rehenes: tres mujeres del jurado, un abogado y el juez Harold Haley.
Jonathan exigió la liberación de los Hermanos de Soledad, pero antes de que pudieran escapar, se inició un tiroteo con la policía, en el que perdió la vida, junto con dos de los prisioneros y el juez.

George Jackson pasó sus últimos 12 años de vida encarcelado y casi ocho de ellos en celdas de aislamiento. Entró acusado de un robo de $70.
Luego se descubrió que las arma se las proporcionó Angela Davis, que fue encarcelada más de un año, antes de ser absuelta de todos los cargos en 1972.
Desde la cárcel de San Quintín, poco después de la muerte de Jonathan, convencido de que un nuevo futuro le esperaba a la población afro, George le escribió a su amiga Joan: “Contaremos todo tiempo futuro desde el día de la muerte del muchacho, del hombre niño. Ametralladora en mano, fue libre por un instante. Pienso que eso es mucho mas de lo que nosotros podemos esperar”.
Pero él estaba seguro de que para lograr esa liberación, el único camino que les quedaba era la violencia armada.
Por eso añade más adelante en la misma carta a Joan: “Quiero que la gente se maraville ante las fuerzas que lo crearon: terrible, vengativo, frío y calmado hombre niño, el coraje en una mano y el arma en la otra; azote de los injustos (...) ¡Ya es suficiente señores: ahora soy yo quien decide! ¡Revolución!”.