análisis
Designación de la presidenta de la Judicatura: Marco Rodríguez se juega por la niña de sus ojos
La inevitable elección de la jueza Mercedes Caicedo como presidenta del Consejo de la Judicatura demuestra cuán bajo ha caído la Función Judicial

El presidente de la Corte Nacional de Justicia Marco Rodríguez asistió a la defensa del plan de trabajo de Mercedes Caicedo en el CPCCS.
El cargo que pertenecía a Alexandra Villacís por derecho propio y del que fue ilegalmente despojada, ya está ocupado. Este viernes, para sorpresa de nadie, el CPCCS eligió como vocal principal del Consejo de la Judicatura a Mercedes Caicedo, la jueza de la Corte Nacional famosa por haber dejado que prescribiera el caso de los helicópteros Dhruv, lo cual condujo al sobreseimiento de los 18 implicados.
Una vez que sea investida por la Asamblea Nacional (lo cual sin duda ocurrirá de inmediato), ella reemplazará automáticamente al estudiante de Derecho Damián Larco como presidenta del Consejo de la Judicatura. Concluirá así (o quizás al contrario: continuará) uno de los capítulos más vergonzosos de la reciente historia judicial de la República.
Justicia
La Judicatura tendrá nueva presidenta: CPCCS designó a Mercedes Caicedo
Daniel Alejandro Romero Páez
¿Se puede confiar en Mercedes Caicedo?
Todo lo ocurrido en la Judicatura de febrero para acá justifica la pregunta. Lo normal es que cualquier funcionario recién llegado a un cargo se merezca, como mínimo, el beneficio de la duda.
Pero el nombramiento de Caicedo es el epílogo de un proceso fraudulento que nada tiene de normal: fue un golpe de Estado en toda regla lo que se produjo en ese organismo. A Alexandra Villacís, su legítima presidenta, se le inventaron (esto ya es de sobra conocido) un impedimento para ocupar cargo público con el fin de bloquearla: una supuesta deuda al SRI que se desvirtuó desde el día uno pero que el ministro de Trabajo, Harold Burbano, mantuvo vigente con una u otra argucia legal, con una u otra leguleyada de la peor especie hasta que las presiones políticas sobre Villacís (que incluyeron acoso de la Contraloría y quién sabe qué otro tipo de amenazas) la forzaron a renunciar al cargo que le correspondía.
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Todo ello por una simple razón: el poder Ejecutivo no podía controlarla, circunstancia que la convertía en indeseable. Tanto codiciaba Mercedes Caicedo el cargo de Alexandra Villacís que hasta estuvo dispuesta a usurparlo. Era ilegal que el director de la Judicatura solicitara al presidente del CPCCS, el nuevo integrante del club de los millonarios Andrés Fantoni, que iniciara el proceso para nombrar un nuevo vocal principal, y por tanto un nuevo presidente de la Judicatura, sin haberse declarado la ausencia permanente de la titular legítima: Alexandra Villacís.
Era ilegal, en consecuencia, que Fantoni urgiera a la Corte Nacional el envío de una terna. Y por supuesto era ilegal que el presidente de esa Corte, el hasta antier digno de respeto y hoy hundido en el fango de la deshonra juez Marco Rodríguez, se apresurara a remitirla, reconociendo tácitamente que Villacís había sido destituida, cosa que no había ocurrido ni tenía por qué ocurrir pero que a él le servía como pretexto para candidatizarla. Todo ello sin mencionar la sentencia de una jueza de garantías que más tarde (hace un mes) ordenó corregir todo esto y que fue incumplida por todos los implicados.
Caicedo decidió aferrarse a la nominación
En semejantes circunstancias de ilegalidad, lo mínimo que se podía esperar de Mercedes Caicedo, toda una jueza de la Corte Nacional, es que se excusara de ser parte de la terna. Con un ápice de dignidad lo habría hecho. Pero ¡qué va! Ni ese ápice le asiste. Ahí siguió aferrada a la postulación, sin el menor sentido de la estética (para no hablar de la ética) hasta que la nombraron. Y esto es lo primero que se puede decir a propósito de la nueva presidenta del Consejo de la Judicatura: que estuvo dispuesta hasta a usurpar el cargo.

Alexandra Villacís fue designada y posesionada como vocal suplente de la Judicatura
Lo segundo no es menos preocupante: en esta conspiración en la que todo el operativo del que participaron varios organismos y poderes del Estado trataba de bloquear a una persona (Alexandra Villacís) a la que el Ejecutivo no podía controlar, Mercedes Caicedo recibió, en cambio, el visto bueno y la luz verde de todos los poderes. Nada objetó en su contra el Ejecutivo. Nada objetó en su contra la misma Judicatura, integrada por vocales tan impresentables como Fabián Fabara, exjuez de la Corte Provincial de Pichincha que hace rato debió ser destituido por corrupto (así lo certificaba más de un informe disciplinario del organismo) pero cuyos procesos dejó prescribir el más que corrupto Mario Godoy con tal de tenerlo cercano y cómplice en las sesiones del pleno del organismo. Es decir: Mercedes Caicedo ha merecido la aprobación de los peores. Los que echaron a Villacís por no poderla controlar, la aceptan a ella sin chistar. ¿Puede haber peor credencial que esa? ¿No estamos ante una señal evidente de falta de independencia de la nueva presidenta de la Judicatura?
Marco Rodríguez, un capítulo a parte
Capítulo aparte merece la actuación del juez Marco Rodríguez, en mala hora presidente de la Corte Nacional en reemplazo de José Suing, el hombre que nominó (no una sino dos veces) a Mario Godoy para ocupar el cargo que hoy pertenece a Caicedo. Para empezar, Rodríguez participó desde el primer momento en la conspiración para la toma del Consejo de la Judicatura. ¿Juró sobre la Biblia que haría valer el nombramiento de Alexandra Villacís como reemplazo de Mario Godoy, como se conoció en aquellos días agitados de la Corte Nacional en que se buscaba un reemplazo para el indigno José Suing y él resulto elegido? Sólo los altos magistrados lo saben y probablemente se lleven el secreto a la tumba. Lo cierto es que Marco Rodríguez se entregó al poder con la misma falta de decoro que su antecesor. Él pudo detener toda la conspiración, simplemente negándose a enviar la terna para el reemplazo de Villacís, bajo el argumento evidente de que Villacís no había sido cesada. Pero no.
En su lugar, Rodríguez se sumó a la intriga, al parecer entusiasmado en conducir a Mercedes Caicedo, su jueza favorita, a la presidencia de la Judicatura. Primero, envió una terna en la que evidentemente sólo se preocupó por ponerla a ella en el primer puesto. De los otros dos integrantes se ocupó tan poco (si es que se ocupó algo) que ni siquiera se tomó la molestia de averiguar si cumplían los requisitos mínimos para ocupar el cargo para el que dizque les estaba postulando. Y no, no cumplían. Ambos aspirantes, Óscar Chamorro y María Fernanda Morejón, tenían impedimentos en los que el juez Rodríguez, en su entusiasmo por auspiciar a Caicedo, ni siquiera se había fijado.
Bochornosa devolución de la terna por parte del CPCCS que él respondió con el envío de una nueva en la que Caicedo conservaba el primer lugar: la terna definitiva de la que resultó electa la favorita de Rodríguez.Pero lo de esta semana ya fue indigno: ni siquiera José Suing llegó tan bajo (lo cual ya es decir). El miércoles 22 de abril, cuando el pleno del CPCCS se reunió para escuchar las propuestas de los tres integrantes de la terna con el fin de elegir a quien sería el nuevo presidente, Marco Rodríguez se tomó el trabajo de asistir a la sesión. ¿A toda ella? No. Solamente estuvo presente para escuchar la ponencia de Caicedo. Cuando los otros dos integrantes de la terna (¡de la terna enviada por él mismo!) se preparaban para tomar la palabra y explicar al pleno del CPCCS sus planes de trabajo en caso de resultar electos presidentes del Consejo de la Judicatura, Marco Rodríguez se levantó y se fue con su séquito de servidores y esclavos. Él había ido para escuchar a Mercedes Caicedo y a nadie más. Mejor dicho: para darle su apoyo, porque nada de lo que dijo ella (una sarta de lugares comunes indigeribles) merecía siquiera la molestia de escucharla. Marco Rodríguez no tuvo siquiera el decoro de guardar las formas.
Se puede pensar que un presidente de la Corte Nacional de Justicia (uno de verdad) se reserva la posibilidad de enviar mensajes políticos en situaciones extraordinarias que así lo requieren. Situaciones, se entiende, en las que de verdad se juega el destino de la Nación (pues de lo contrario sus mensajes políticos serían intromisiones intolerables que no harían sino desgastar la autoridad judicial de tan alto cargo). Pues bien: Marco Rodríguez eligió, como coyuntura para enviar un mensaje político, la elección de la niña de sus ojos como presidenta del Consejo de la Judicatura. Un gesto de una mezquindad y una estrechez de miras tan abrumadoras que marcará el desempeño de tan mezquina y estrecha de miras presidenta del Consejo de la Judicatura. Nomás faltará verla interactuar, a partir de la próxima sesión, con el benemérito Fabián Fabara. Quién quita que estén hechos el uno para el otro.