Alcemos la voz por Mónika Silva
Historias como las de Mónika Silva y Robinson del Pezo nos recuerdan que alzar la voz es un acto de conciencia, compromiso y libertad

La activista Monika Silva fue hallada sin vida en su casa en Montañita.
En medio del ruido incesante de nuestros tiempos, el silencio puede ser una elección sabia. Haciendo mutis podemos honrar a los muertos, calmar una pelea o incluso protestar. Hay quienes llegan a hacer votos de silencio como un acto radical de fe y amor. Muchas de estas acciones son, al final de cuentas, demostraciones de conciencia, compromiso y libertad más sonoras que los gritos.
Pero más frecuentemente nos encontramos con los silencios cobardes o cómplices de quienes callan ante la injusticia. Frente a su enmudecimiento, la palabra blandida con determinación se hace indispensable. La palabra de Robinson del Pezo, comunicador de La Libertad asesinado en noviembre pasado en un crimen que continúa en la impunidad. La palabra de Mónika Silva, activista anticorrupción, polaca de nacimiento y peninsular por adopción, quien fue hallada sin vida este lunes por causas que aún no se esclarecen, pero que ya han sido enturbiadas por una campaña concertada de los portales digitales gobiernistas.
Política
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Daniel Alejandro Romero Páez
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Dichas páginas se han valido de supuestas fuentes reservadas y de las declaraciones apresuradas del ministro del Interior, John Reimberg. Según él, hasta el momento, los indicios apuntan a un suicidio. Si bien no podemos descartar esa hipótesis, la forma de la muerte de Robinson del Pezo, acribillado, y las propias advertencias de Mónika Silva sobre la intención de matarla, llevan a muchos a sospechar que ella fue víctima de un atentado por parte de quienes querrían, habiendo robado tanto, robarle finalmente la palabra.
En vida, Mónika alzó su voz para denunciar el tráfico de tierras y la corrupción que devastan a la Península y al país entero. Ella, madre de dos niñas e impulsora de varias investigaciones y procesos judiciales en curso, tenía harto por qué vivir. Hasta el final, Mónika vivió a plenitud, intentando sostener los pilares de una sociedad que se derrumba.
Santa Elena, donde torres se levantan en lugares que ni tienen alcantarillado y playas se llenan de carpas entre los refugios de tortugas, avanza como un sonámbulo hacia el despeñadero. Alguien debe vocear la advertencia para despertar a la provincia. Nadie debería tener que morir por hacerlo