El desvío de la autonomía
Las autonomías en Guayaquil muestran cómo una tradición local y participación ciudadana se transformó en un proyecto político dependiente de líderes

Una mirada simbólica al auge de la gestión local en Guayaquil.
Mientras investigaba la visita de Anna Pavlova a Guayaquil en 1917 para una charla sobre aquella época, me llamó la atención la cantidad de teatros, sociedades culturales, periódicos, instituciones benéficas y proyectos privados que existían en una ciudad mucho más pequeña donde existía una cultura de iniciativa local que impulsaba obras, educación y beneficencia.
Décadas después, el movimiento autonomista recogió parte de esa tradición. En enero del 2000, la provincia del Guayas acudió a una consulta popular autonómica que obtuvo cerca del 95 % de respaldo. Las autonomías no fueron la bandera de un solo hombre. Humberto Mata promovió la consulta; Juan José Illingworth aportó estudios; la Junta Cívica la convirtió en una causa regional; y León Febres-Cordero le dio respaldo político. Posteriormente, Jaime Nebot la asumió.
Cuando la sociedad civil lidera, pero los líderes deciden
Existía la aspiración de construir una región articulada alrededor de Guayaquil capaz de integrar territorios y proyectar una visión compartida de desarrollo.
Pero también hay que decir algo incómodo. Las autonomías no desaparecieron porque dejaran de existir personas que creían en ellas. Lo que ocurrió fue que una causa nacida desde la sociedad civil comenzó a depender cada vez más de la voluntad del líder, el propio caudillo que la convirtió en una movilización de masas terminó administrándola según los tiempos políticos. Más que convertirse en un proyecto permanente de integración regional, terminó funcionando como una válvula política que se abría o cerraba según las circunstancias.
Quizás la mayor ironía sea que las llamadas “autonomías al andar” terminaron andando cada una por su lado. Santa Elena se convirtió en provincia propia, surgieron reclamos territoriales en otros cantones y la idea de una región articulada fue quedando atrás.
Aquella confianza colectiva se fue apagando. Y tal vez la autonomía más importante nunca fue jurídica ni administrativa. Tal vez fue la convicción de que una sociedad podía construir su propio destino y hay que recuperar eso.