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Diario Expreso Ecuador

Mentiras de patas largas

Las mentiras se propagan más rápido que la verdad en redes sociales no por los algoritmos, sino por la decisión humana de amplificar el rumor

Hoy basta abrir una aplicación y hacer clic. Y la gente, en su mayoría, lo hace sin chistar ni juicio crítico.

Hoy basta abrir una aplicación y hacer clic. Y la gente, en su mayoría, lo hace sin chistar ni juicio crítico.Generada con IA

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En las redes la mentira se propaga más rápido que la verdad, concluyó un estudio de MIT -’The Spread of True and False News Online’- sobre 126.000 cadenas de mensajes durante 11 años. Los bulos llegaron a tres millones de personas, mientras que las notas objetivas, apenas a 1.500 en seis veces más tiempo. Lo falso tiene 70 % más probabilidad de hallar eco y torcer la percepción colectiva.

Hay la tentación de echarle la culpa a los algoritmos malsanos y conspirativos, pero la aritmética no tiene alma ni moral, tan solo filtros o líneas rojas cuyo valor intrínseco no entiende ni discrimina, que sigue por codificación carente de matices, sin tomar la iniciativa de amplificar la chismografía, la difamación o la crónica escandalosa. Lo que sí aportan las plataformas es el acceso: un medio impreso tiene circulación limitada y la presentación televisada, aparición fugaz, y la noticia digna de tal nombre y de hacer tendencia, como un asesinato, una traición, un lío de faldas, un ajuste de cuentas, un secreto salido del hoyo 19 -los escándalos de corrupción política van perdiendo atractivo, se han vuelto pan de cada día, y a pocos interesa el lado positivo de las cosas-, necesitaban para compartirse una sobremesa, una dilatada llamada telefónica, un té con tostadas, un corrillo a media luz. Hoy basta abrir una aplicación y hacer clic. Y la gente, en su mayoría, lo hace sin chistar ni juicio crítico. Los algoritmos recogen la corriente y la hacen visible, pero no la crean. Es cada bicho armado con un inocente aparato electrónico quien decide qué recircula o a qué granja de troles paga para sembrar tendencia, como aquel manipulador de conciencias que contrataba a un grafitero clandestino cuando no había muros virtuales para escenificar linchamientos.

Un altavoz digital sin control

¿Qué explica esta inclinación del género a convertirse en agente de un infundio al que no solo le presta oídos sino que contribuye activamente a propalar, aun cuando el contenido no resiste la menor prueba de verosimilitud, y sus fuentes, muchas veces anónimas, no merecen credibilidad? Rebajar al prójimo ha sido el recurso de los pusilánimes y los tontos para elevar la autoestima -Plutarco dedicó a esta cuestión un tratado hace casi 2.000 años-. Lo que ha cambiado es que los tontos, mayoría o no, son más visibles gracias al altavoz digital que llevan como apéndice del cerebro. O del cerebro como apéndice de la red, según cómo se mire.

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