La noche española
Morante, en su genialidad, dejó fluir en la plaza de toros en Sevilla el mismo espíritu que iluminaba a Goya o a Paco de Lucía

El arte de Morante estremeció la plaza de toros de Sevilla.
García Lorca se atrevió, como solo él podía, a explicar lo inexplicable, a definir en su ‘Teoría y juego del duende’ esa fuerza de transmisión que no es fruto de la práctica, del estudio ni del dominio técnico, cuyo canon desafía. La fuente se halla, escribió, en las memorias viejas, en el cambio radical del molde por la creación en acto, en las profundidades insondables de la sangre. No es la musa, afirmó, que dicta sutil desde la distancia; ni el ángel, que pasa por encima y derrama su gracia sobre Italia y, ocasionalmente, sobre algún forastero. Es el duende.
La maestría que hechiza a los amantes de la tauromaquia
Tuve que desempolvar el ensayo lorquiano apenas terminada la segunda faena de Morante en Sevilla hace una semana, porque si en aquellas páginas el poeta especuló sobre el duende y en más de una vez lo conjuró, cada lance del torero sevillano estuvo embrujado por ese genio inasible que abría, con la profundidad de una Verónica enjugando la sangre del Señor, los vuelos del capote y sostenía la eterna muleta, trazaba el imposible redondo con la izquierda o la tanda variada con la que recreaba, enciclopédico, a su estilo, las invenciones de los grandes. Presidió el duende sobre todo la quietud pétrea, de hombros desmayados y pies clavados al destino, con que aguantaba la embestida congelada a la mitad de un natural, hasta que el toque sutil e imperceptible, como si apenas rozara la tecla de un piano con el meñique, templaba nuevamente al astado hasta el remate inapelable de la suerte y devolvía el aliento a los espectadores, hechizados por ese “poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica”, como decía Goethe.
Morante dejó fluir, lo cual ya es habitual en él, al mismo espíritu que iluminaba los pinceles oscuros de Goya, que agitaba por bulerías la cadera de sombras de Cristina Hoyos y la negra vibración de las cuerdas de Paco de Lucía, para quien la guitarra era tanto su amor como su condena, según confesó. Al igual que Morante, el guitarrista de Algeciras dudaba de su propia ciencia, pero ambos se abandonaron al pozo donde habita el genio. Creo que el duende ronda la herida oscura y originaria, el dolor milenario, la ofrenda insólita de un pueblo auténtico, y prorrumpe en el encuentro flamígero entre pasión y muerte. Sí, es muy religioso, como lo ha sido su tierra, donde el misterio del arte incuba en la sangre y surge, muere y revive en la noche de los tiempos. En la noche española.