Editorial | Prioridades urgentes

En esta ciudad, cada hora perdida en el tráfico desgasta la paciencia y destruye ingresos y calidad de vida

La congestión vehicular en Guayaquil se ha convertido en una evidencia diaria de la improvisación y el desorden. No es solo el crecimiento del parque automotor o el aumento poblacional lo que asfixia a la ciudad; es, sobre todo, la pésima planificación de las autoridades y la ausencia de una gestión responsable del tránsito. El cierre de arterias fundamentales, como la avenida Juan Tanca Marengo, sin información oportuna ni rutas alternas claras, es una receta segura para el caos. Los embotellamientos extraordinarios paralizan la ciudad, afectan la productividad y alteran la vida cotidiana de miles de ciudadanos.

El absurdo llega al punto de que ni siquiera las propias obras avanzan con normalidad, porque los trabajadores no pueden llegar a tiempo a los frentes de construcción. Así, el problema se retroalimenta: el desorden genera más retrasos y estos prolongan el desorden. Nadie discute que las obras son necesarias, pero ejecutarlas sin una planificación integral es condenar a Guayaquil a un colapso permanente.

Las autoridades locales deben entender que planificar no es solo cerrar vías y colocar vallas. Implica comunicar con claridad, habilitar rutas alternas reales, evitar el aislamiento de barrios enteros y reducir el impacto económico sobre negocios y familias.