Editoriales

Heridas comunes

"Si no poder decir adiós a los seres queridos parte el alma, no saber dónde están enterrados ni con quién deja una herida incurable. Es un acierto el cambio de criterio sobre el tratamiento de los muertos por COVID-19"

¿Quiénes están enterrados en fosas comunes? Los muertos de las dictaduras, las víctimas del narcotráfico, los apátridas del feudalismo... Personas invisibilizadas para siempre por sus indolentes victimarios. Si la epidemia del coronavirus está dejando una herida, a nivel nacional, en el sentimiento patrio, y a nivel individual, con la pérdida de familiares, no cabe que el propio Estado sea el que decida, para sobrellevar y solucionar el desbordamiento de su capacidad sanitaria y funeraria, crear una cicatriz que nunca se borraría del ideario imaginario.

No hay fosa en el mundo que no hable de un dolor desgarrador y de la horrenda capacidad del ser humano de deshumanizar a sus semejantes. Eso no puede venir de un Estado. El solo planteamiento eriza la piel y escandaliza. 

Pero haber corregido y matizado esa decisión es lo correcto. No es lo mismo un entierro colectivo que un lugar provisto -con urgencia, sí- para dar sepultura ágil, pero individual, a las víctimas de la pandemia. Si es debatible qué podrían haber hecho las autoridades para estar mejor preparados a la hora de enfrentar al virus, lo que habría sido innegociable es que la solidaridad del pueblo ecuatoriano quedará enterrada bajo un estigma como el que habría supuesto una fosa común.