Columnas

Guayaquil nos tatúa

Todas las ciudades son construcciones sociales humanas y mundanas, espirituales y materiales, reales e imaginadas. Se crean, tejen y destejen colectivamente. Se hacen en un devenir constante de los diversos sectores socioeconómicos, étnicos, culturales, políticos, religiosos, artísticos, etc., que la habitan. Vivir en la urbe no es estar quieto y en un sitio determinado. Supone una dinámica de todos y para todos. Por eso, no hay contempladores de la ciudad. Guayaquil históricamente es eso y algo más. Es tropicálida, nos penetra e inscribe sus imborrables huellas en ese transitar de nosotros en ella y en los pasos, pisadas y señas que deja en nosotros. Es mejor decir y afirmar que nos vive tatuando y nos tatuamos en todo momento, lugar y circunstancia. No podemos escapar de sus signos, sonidos y marcas. Por eso, nos habla y le hablamos. Asumimos su lenguaje por estar y habitar en la escuela social de su vida.

Guayaquil es ciudad-puerto que nos tatúa el alma. Nadie sabe cuándo comienza esa marca en la piel (como es la definición tradicional de tatuaje) que llevamos en un recóndito lugar donde habita los misterios del alma urbana. Es impronta que llama, invoca, provoca y te habla con múltiples lenguajes. La dices en sonidos, gramáticas, signos, señales, imaginarios, frases, canciones, poemas, relatos, calendarios, etc. Todos portamos sus tatuajes en piel y alma. Se expresan con signos que todos sabemos y reconocemos, pues llevamos sus marcas. Los portamos y a veces no sabemos que van con nosotros. Los empleamos y, en cualquier momento, hablamos con sus palabras, voces y gestos que usamos y difundimos. Es el conjunto de expresiones que nos hablan y hablamos en tropicálidos vocablos.

Cada tatuaje tiene la huella del dualismo de ciudad y puerto. También existe en ese conjunto de saberes ocultos y frases inconscientes que vienen de planicies y cerros, del campo, las brisas del río y el estero, con sonidos lejanos del océano y el golfo. Van y vienen con nosotros. Nos desborda y desborda a quienes intentan atraparlos con la racionalidad axiomática y unívoca de la ciencia. Y no pueden porque es cultura viva que se hace, recrea, teje y desteje en un colectivo que sabe comunicarse desde y con los tatuajes del alma.